En esta segunda parte de la conversación, Agustín Bernal nos habla de su formación autodidacta, de sus inicios en la vida profesional y de dos incursiones a Nueva York, una para estudiar por dos semanas con Rufus Reid y otra para empaparse del ambiente del jazz.

La vieja escuela

Yo tuve un problemota con mi papá porque no quería que fuera músico, no somos una familia de músicos y él quería que fuera una «persona normal», que estudiara una carrera «normal». Tuve que ir a varios exámenes vocacionales para darle gusto, porque no me quería pelear con él; al último examen que fui fue con un amigo de él que era psicólogo y psiquiatra, al final citó a mi papá en un cafecito y le dijo Agustín, tu hijo tiene que seguir ese camino porque en todos los exámenes que le hemos hecho sale eso, así que mejor apóyalo (risas), entonces ya me apoyó, me compró un contrabajo para que pudiera empezar.
Tuve que empezar por mi cuenta: estudiar lectura, estudiar armonía; no tuve realmente muchos maestros, fue la vieja escuela de imitar lo de los discos, sacar las piezas. Tampoco tenía mi oído desarrollado porque no vengo de familia de músicos; no tenía ninguna infraestructura, ahora que lo pienso, no sé cómo me aventé a tocar, pero, por otro lado, fue bueno porque no tuve conciencia pero tuve ganas, entonces, al final fui supliendo y fui tratando de llenar los huecos como podía, pero siento que todavía tengo muchas deficiencias que con el tiempo he ido tratando de mejorar.
Me acuerdo, por ejemplo, que oía a Scott LaFaro con Bill Evans y decía híjole, yo quiero sonar así, y creo que, de alguna manera, aunque nunca voy a tocar como él, obviamente, el ver eso y tratar de imitarlo por mucho tiempo, me ayudó mucho. Me ponía a estudiar y decía otra vez, otra vez, otra vez, no me gusta, no me gusta, no me gusta, y hasta la fecha no me gusta, pero a estas alturas ya he asimilado mucho de él y de otros grandes. Claro que he estudiado armonía y otras cosas, pero al principio fue la vieja escuela de estudiar y tratar de imitar, y no me arrepiento, creo que también está padre.
En un momento dije me voy a ir a estudiar a Berklee, pero vi los precios y dije yo no voy a quitarle a mis papás todos los ahorros de su vida (risas) para irme a estudiar, entonces decidí quedarme en México y ponerme a tocar con todo el mundo. No fui a ninguna escuela, yo soy totalmente iletrado en el jazz, pero lo he hecho como he podido y al final aquí estoy, el año que entra cumplo 42 años de trabajo profesional en la música.

Atrapado en los clásicos

Un tiempo fui alumno de Roberto [Aymes], pero no funcionó porque siento que no me tuvo mucha paciencia, yo estaba en pañales. En ese tiempo, 76-77, Andrés Kalarus fue a dar un concierto de contrabajo y piano. Kalarus un monstruo y Aymes me dijo ve a ese concierto para que escuches la otra parte del contrabajo, la parte clásica. Fui y cuando vi el mundo clásico también me volteó todo, dije no manches, ¿esto se puede hacer en el contrabajo? Yo no sabía nada del arco y todo ese tipo de cosas.
Cuando acabó el concierto, fui a ver al maestro Kalarus y le dije:
—Maestro, yo no toco, apenas estoy empezando, pero me encantó, lo admiro
—Voy a venir a dar un curso a la escuela Vida y movimiento —era una escuela de Fonapas que estaba por la Sala Nezahualcóyotl.
Me inscribí y ahí empecé a estudiar el contrabajo en forma. Fue un curso de dos meses, llegó pura gente que ya tocaba mucho, me acuerdo que estaba yo sentado y llegaba uno y le decía a ver, ¿qué estás tocando? Así le fue preguntando a cada uno y cuando llegó a mí, me dijo:
—¿Y tú qué tocas?
—Yo no toco nada —(risas)
—Perfecto, me encanta porque te voy a enseñar desde abajo
En esos dos meses me enseñó desde cómo agarrar el arco, las cosas más básicas, y acabando tocamos un pequeño recital todos juntos, yo, con lo poquito que podía.
Cuando terminó el curso, el maestro me dijo:
—Oye, ¿no quieres seguir estudiando?
—Sí
—¿Por qué no te vas a Xalapa a estudiar conmigo?
Fue en el 78, yo acababa de salir de la prepa, tenía 18 años y me vine a Xalapa.

El bajista en evolución

Estuve aquí un par de años. Iba mucho al DF y mis amigos me invitaban a tocar jazz. Llegó un punto en el que estaba bien estuviera en Xalapa pero aquí no conocía nada del ambiente del jazz, estaba más metido en el mundo clásico, estudiando con el maestro. Un día le dije al maestro voy a vivir en el DF y vengo cada semana a tomar mis clases, y así le hice, me venía cada semana. Ya estaba haciendo algunos proyectos allá y practicando lo que aprendía. Todavía no había Real Book, todo era de oído, y empecé a tocar con Fernando Hernández, el pianista con el que iba al Blue Note, él empezó a estudiar con Alejandro Corona en México.
En un anuncio de Down Beat vi un libro de Rufus Reid que se llama The Evolving Bassist, y le dije a mi papá si lo encuentras en Nueva York, me lo traes; cuando fue, lo encontró y me lo trajo.
Empecé a estudiar el jazz con ese libro y con los discos, y más o menos en 1979 vino Dexter Gordon a México con Rufus Reid, no sé cómo le hice pero me metí hasta el camerino en el que estaba Rufus y le dije:
—Maestro, quiero estudiar jazz, me gustaría saber si usted me pudiera recibir en Nueva York
—Te puedo recibir un par de semanas un verano
Nos carteamos por correo, la respuesta llegaba a los treinta días (risas). Quedamos que en 81 me recibiría dos semanas en Nueva York para que estudiara con él.

La gran escuela

Yo estaba trabajando en una banda sinfónica de la Delegación Cuauhtémoc, y como vivía en casa de mis papás, podía ahorrar todo lo que ganaba. Con ese ahorro, me lancé en 81 a Nueva York. Estuve dos semanas viviendo en casa del maestro, ¡imagínate! Me dio una recámara que era de su hijo (risas) y ahí estuve con él.
Cuando llegué me dijo tienes suerte porque es el cumpleaños de Milt Hinton, va a haber una fiesta de bajistas en un loft de Nueva York y tú estás invitado. Llegamos al loft, un lugar precioso, en medio había un piano, un bajo y una batería. Estaba Tommy Flanagan tocando con no sé quién, había varios pianistas y estaban Ron Carter, Slam Stewart y otros bajistas. Slam Stewart tenía ochenta y tantos años, le dije a Rufus que me lo presentara, me lo presentó y me estaba muriendo cuando le di la mano.
Cuando fuimos a esa fiesta, en el coche íbamos con Sam Jones, el otro bajista. Sam Jones, su esposa y yo íbamos atrás, y adelante Rufus y su esposa. Ellos iban platicando y yo oyendo, sin decir nada. Rufus me llevaba a los clubs y yo entraba gratis, y me presentaba a toda la gente. Me presentó a grandes músicos, ¡imagínate!, fueron unas experiencias maravillosas.
Un día me dijo yo había pensado no tomar ningún trabajo para estar contigo, pero salió una gira y me dijeron que puedes venir conmigo. Me fui de gira con él y me daba clases en los hoteles, y viví mucho la onda de lo que es un jazzista neoyorquino en gira. Me acuerdo que a la primera gira que fuimos no había nada establecido y llegaron a ensayar todo el material en el momento, y todos leyendo impresionante, ya sabes, un nivel altísimo. Me fui con Rufus en su coche, íbamos platicando y yo le preguntaba miles de cosas.

Los primeros pasos

Mucha gente me decía toca el eléctrico, está de moda, es más fácil de llevar, es más fácil de amplificar, y yo decía no sé, pero cuando fui a Nueva York y vi que todo era contrabajo acústico dije no, yo quiero seguir con el contra, y me aferré durísimo.
Empecé a trabajar en la Ciudad de México con los músicos que podía, con Olivia Revueltas fue de mis primeras chambas, ella tocaba en un bar que quedaba abajo de un lugar que se llamaba El Chato, había un antro de salsa y un antro de jazz; cuando abrían la puerta se oía la música del lugar de junto y era horrible porque estábamos concentrados tocando una balada y de repente se escuchaba la salsa, pero, bueno, ahí era donde se podía tocar. Estaba bonito el lugar, era tipo club de jazz de esos onda underground, con terciopelo, y ahí es donde empecé, ya en forma, a tocar «profesionalmente» con Olivia, con Ramón Negrete, saxofonista que de pronto caía y era un agasajo; con el Tigre Cheché Sánchez en la batería. Así fue como empecé.
Cuando fui a Nueva York pude comprar el Real Book, fue chistoso porque ahora ya lo venden hasta en Amazon, pero en ese tiempo era ilegal. Rufus me dijo ¿ah, quieres el Real Book?, vente, vamos a comprarlo. Nos subimos al coche y llegamos a un lugar horrible en el Bronx, se paró y me dijo espérame aquí, y entró un a un edificio horrible, después de un rato salió del edificio con dos elemplares del Real Book, uno para mí y uno para mi amigo, pero fue como si hubiéramos ido a conectar heroína o no sé qué (risas), fue una experiencia rara. Me traje el Real Book y eso ayudó a que fuera más práctico todo porque de repente Ramón Negrete decía vamos a tocar tal standard, lo buscaba en el Real Book y ya podía medio leer los cambios.
En 86, se me antojó irme a vivir a Nueva York; dije a ver de qué se trata y me fui. Fue un aprendizaje increíble, estuve un año viviendo allá, tomé algunas clases, me la pasé mucho oyendo jazz. Trabajara sacando copias y cosas así, puros trabajos de indocumentado. Todo me lo gastaba en oír jazz, a veces solamente me comía un pedazo de pizza, mi organismo se fue debilitando increíble. Yo decía ¿voy al Village Vanguard o como bien?, en el Vanguard va a tocar George Adams y Don Pullen Quartet, pues voy. Un amigo y yo decíamos vamos a echarnos una pizza y luego nos vamos al Vanguard. Eso me fue debilitando a tal grado que, acabando el año, yo ya estaba súper mal de salud, además tenía que pagar renta y una serie de cosas, y ganaba poco, entonces tuve que regresarme.

 

(CONTINÚA)

 

PRIMERA PARTE: Reflections Of My Life
TERCERA PARTE: El funámbulo

 



 

 

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