Larga y profusa es la trayectoria de Laura Rebolloso, inició en la música a los nueve años en el taller de Gonzalo Camacho, donde se encontró con la jarana y la hizo sonar en un grupo infantil que, cuando Laura tenía apenas once años, se fue con su música a otras partes y esos niños pisaron escenarios parisinos, españoles, canadienses y de otros países.

Más tarde se integró a los talleres de música mexicana que impartía Guillermo Contreras en la UNAM. Cuando estaba en la prepa, el son jarocho emitió su primer llamado y acudió, persistente y devotamente, a los encuentros de jaraneros de Tlacotalpan. En 1993 se vino a estudiar a la Facultad de Música de la Universidad Veracruzana, pero la fuerza del son la arrastró por todas las comunidades sureñas y en un largo recorrido de tarima en tarima, de jarana en jarana, de fandango en fandango, se fue embarrando de son las manos, los pies y la garganta.

Cuando nacieron sus hijos asumió plenamente la maternidad, se alejó de los escenarios pero no de la música, invirtió el tiempo de la crianza en el cultivo de sus hijos y de sus cantos; al mismo tiempo amamantó bebés y nutrió letras de canciones; al unísono cambió pañales y quitó impurezas de armonías y melodías; y arrulló a los niños con rítmicas extraídas del Sotavento, y embelesó sus sueños infantiles con historias empapadas de Papaloapan; y cuando se dio cuenta, se había criado —y creado— también a sí misma. Y cuando despertó, la música todavía estaba allí.

«Cuando nacieron Santiago y Lucía [sus dos primeros hijos], renuncié a ciertas cosas de la carrera de música, pero la vida es buena onda porque cuando tú das, se te regresa; en el tiempo de la maternidad, además de las becas tuve varios encargos para hacer música de cine, compuse los temas de varias películas. También hice talleres en mi casa —doy talleres desde que tenía veinte años—, eran chambas en las que no tenía necesidad de irme de gira un mes o algo así, entonces no me quejo de haberme alejado totalmente de la música. Después nació Natalia y seguí componiendo en mi casa», me comentó hace unos meses.

Es mucho menos vieja que el más joven de los cerros, pero le gusta reverdecer a cada rato, por eso ha hecho una colecta del material que ha amasado y cocido durante todo el tiempo de su vida para amalgamarlo en el espectáculo Sones y canciones para reverdecer.

Porque la vida es buena onda, Laura dio y ahora se le regresa: sus hijos mayores —Lucía y Santiago Gutiérrez Rebolloso— han sido tomados por asalto por los genes melómanos y se han internado en los rincones más recónditos de la voz para hacer de ella una barca que los lleve por la vida; ambos estudian en JazzUV y han formado parte del campamento de verano A Capella Academy en Los Ángeles, California.

Porque la vida es buena onda, le regresa a Laura algo de lo que ha dado: el próximo viernes, los sones tradicionales arreglados por ella y algunos de los cantos que ha urdido a lo largo del camino serán interpretados a tres voces, las de la propia Laura y las de sus dos primeros hijos. Tres viejos cómplices pondrán la alfombra voladora para que se eleven los sueños: el pianista Alonso Blanco, el bajista Carlos Zambrano y el percusionista Wilka Vázquez; tríada de titanes, tercia de jazzeses. Por si poco fuera, habrá una invitada especial, la cantante chicana Mónica Fimbrez, jazzera y sonera, trovadora de veras.

Todo esto sucederá el viernes 23 de agosto a las 19:00 horas en el Centro Recreativo Xalapeño (Xalapeños Ilustres 31). La cooperación sugerida es de 100 pesos, si no les alcanza pueden dar 50, y si de plano es grande la familia y no quieren que nadie se lo pierda, pónganle 25 pesos por persona, pero no menos, no hay que ser. No sé ustedes, pero yo no me lo voy a perder.

 

 

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