Cuando me enteré de que en su prosa coexisten la narrativa, el ensayo y varios géneros más, aun a riesgo de caer en un lugar común —en el que inevitablemente caí—, no resistí la tentación de preguntarle a Rafael Toriz si su estilo había sido influido, determinado o estaba emparentado de alguna manera con el de Borges. En un acto confesional, reconoció que aun contra su voluntad, comparte mucho más que el fervor por Buenos Aires con el conspicuo escritor argentino:

«Muy a mi pesar, me temo que sí, quisiera no tener que ver mucho con Borges, la verdad me parece que es un sistema de medida que no le va a hacer mucho bien a nadie —cuando menos a mí—, pero sí, él es uno de los primeros que hace este tipo de indistinción entre una cosa y otra. También creo que tiene que ver con la manera en que leemos las cosas, por ejemplo, yo siempre leí la filosofía como literatura, y no sé de qué manera leí la literatura pero ahí he encontrado muchas cosas distintas de las que suele uno encontrar cuando está leyendo literatura como literatura; me interesa mucho comprender la realidad desde una perspectiva entre antropológica y enciclopédica».

Esa no es, por supuesto, la única razón de su escritura: «realmente soy una persona muy permeable a las cosas, pero yo diría que [algunas de sus influencias son] Lévi-Strauss, la música, todo lo que tiene una mirada enciclopédica, una manera de ver las cosas tomándolas en su circunstancia».

¿De dónde salió Rafael Toriz?, ¿cómo se hizo escritor?, ¿por qué ha pasado casi un tercio de su vida en Argentina?, ¿qué hace allá, de qué y para qué vive? Estas son algunas de las cosas de las que hablamos al amparo de un café —cuya elevada temperatura luchaba por neutralizar el insufrible calor de una Xalapa que ya le resulta ajena— en Cauz, la librería, cafetería y foro en donde presentará, el próximo viernes siete a las siete de la tarde, La distorsión, su libro recién salido del horno de la editorial Random House.

Con un tono nostálgico pero fervoroso, me habló de ciudad en la que nació y se encontró con la vida y con el mundo:

«Yo soy de Xalapa pero mis papás no son de acá, mi mamá es de la Huasteca hidalguense y mi papá es de Orizaba. Se conocieron en la [Benemérita Escuela] Normal [Veracruzana], soy orgullosamente hijo de normalistas y orgullosamente xalapeño. En casa siempre hubo libros pero, más bien, lo que tuvimos mi hermano y yo desde muy chicos fue una educación bastante liberal, no bien nos pudimos parar, nos metieron a estudiar música al CIMI [Centro de Iniciación Musical Infantil UV]. Siempre estuve rodeado de actividades que estimulaban la memoria y la creatividad, mi mamá siempre fue mucho de museos, de aprovechar las ofertas culturales que daba Xalapa, yo recuerdo que vimos Luminaria, de Emilio Carballido, cuando éramos muy chicos. Incluso La distorsión, el libro que vengo a presentar, cierra con uno de mis primeros recuerdos: Un halo de esplendor, una obra de teatro que hacían Adriana Menassé y Carlos Converso; te hablo del ochenta y ocho, una cosa así, eso es lo primero que recuerdo.

«Todo este contexto tiene que ver con la Xalapa que se nos fue, con todos los estímulos que había por las tardes, con la Universidad [Veracruzana] siempre apoyando la vida xalapeña. Ese es el contexto en el que me formé, el de un xalapeño típico, aunque hay mucha gente que ni siquiera es de acá o que, como mi hermano y yo, es xalapeña de primera generación.

«Estudié en la preparatoria Juárez, fue un lugar muy importante en mi formación porque de verdad que había muy buenos profesores, entre los cuales, el antropólogo Alfonso Gorbea sin duda era el mejor. En el libro también viene un pequeño homenaje a él.

«Estudié flauta transversa en la Facultad de Música pero no acabé, me faltó poco. Luego estudié Letras. A quien le debo una conciencia de mí mismo como escritor y como persona en busca del sentir es a Alberto Espejo, un estupendo profesor argentino, de Jujuy, verdaderamente uno de los mejores lingüistas que tuvo la Universidad. A nivel de profesores, sin duda es una de las personas que más me marcó en la universidad.

«El conocimiento está en los libros, está en la red, pero lo que compartieron esos profesores fue su pasión. Una cosa que aprendí con Gorbea fue la curiosidad, siempre estar preguntándome qué había al otro lado de la esquina. Por otro lado, creo que la manera en la que se formaba un adolescente en Xalapa cuando crecí —que no tiene tanto, fue a finales de los noventa—, ya no existe más: el hecho de salir a la calle y saber que había exposiciones, que había obras de teatro, la presencia de la Sinfónica, un entorno universitario que yo creo que siempre le ha dado ese cariz tan particular y tan excéntrico a Xalapa.

«Una de las cosas que más entrañablemente recuerdo de Xalapa es la corta distancia que hay en las clases sociales, a diferencia de lo que pasa en otros lados. En un país tan clasista y tan asimétrico como México, eso más bien es una anomalía, no pasa lo mismo en Puebla, no pasa en México, ni hablar de Monterrey o Guadalajara. Creo que esa es una de las cosas que siempre le dio un sustrato muy particular a Xalapa, que todo estaba atravesado por la educación, y además, por la educación pública. Otra característica de Xalapa es que siempre recibió gente de fuera, no solo de fuera del país sino de otros estados, eso siempre le dio un carácter de amplitud.

«En los últimos años de la carrera tuve la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas. Cuando terminé la universidad me fui a México con ese apoyo, estuve allá como cinco años y fui haciendo mi vida y mi carrera. Después empecé a hacer varios viajes por América Latina y por el mundo, me fue jalando el pueblo argentino y ya llevo una década viviendo allá.

«Fui a Argentina a visitar a un amigo, se me fue haciendo largo el viaje y poco a poco me fui quedando. La intención no es del todo radicarme allá, pero cada vez que digo eso me quedo otro año. Allá me dedico a la producción y la conducción radial, edito un suplemento de cultura y hasta diciembre del año pasado, estaba trabajando como asesor para el Fondo de Cultura Económica. Sigo escribiendo, traduciendo, colaborando en los distintos trabajos que orbitan alrededor del ecosistema del libro.

«También me dedico al periodismo cultural, colaboro en los principales medios, impresos y digitales, de América Latina que tienen de que ver con la lengua. Creo que el periodismo se va volviendo como un vicio, como una droga que no puedes dejar pese a todo lo que tiene de volátil, de consumible, la noticia de hoy es con la que mañana envuelven pescado, es un poco eso.

«Mi primer libro es Animalia, fue publicado por la Universidad de Guanajuato en 2008. Ese mismo año, la UNAM publicó Metaficciones. Posteriormente, por ahí de 2012, la UV publicó Del furor y el desconsuelo. Ensayos para una crítica de la cultura. Luego Serenata, publicado por Conaculta y el Ivec en 2013. Ese mismo año salió La ciudad alucinada —que ganó el premio Alfonso Reyes en 2013— publicado por Conaculta y Conarte en Monterrey. Luego se reeditó mi bestiario [Animalia] en la Editorial Vanilla Planifolia, muy linda edición de Rodrigo Fernández de Gortari, la verdad es un lujo estar en esa editorial tan bien hecha.

«Ahora sale La distorsión, libro publicado por Random House que es una suerte de memoria-ensayo. La editorial lo está vendiendo como novela pero yo diría que son tres formas distintas de ensayar con el género de la autobiografía. La biografía de uno vale la pena si se cuenta la historia de los otros, si se habla de uno como depositario de otras cosas, de tal suerte que no sea yo, yo, yo. Más bien me interesa contar las historias que me contaron, las historias de mi abuela que escuché y que no debía oír; siempre me llamó mucho la atención que los adultos se contaban cosas ignorando a los niños, me acuerdo que siempre me decían usted oiga, vea y calle. Me llamaban la atención esas cosas que habían sucedido en otra época, en otro mundo, en este libro intenté reconstruir esas historias distorsionadas que me marcaron tanto siendo tan niño. La ventaja de estar en una transnacional como Random House es que, al menos en teoría, este libro va a estar en todos lados y me alegra mucho que así sea porque yo digo con mucho agrado que es mi libro más regionalista.

«Todo lo que hago tiene un componente híbrido en el que siempre se explora la prosa desde distintos lados, por ejemplo, en el bestiario es si la biología puede ser leída como fundamento poético. Todo el tiempo estoy explorando esos límites entre la representación y sus conceptos de verosimilitud y de verdad, me interesa que no sepas bien a bien qué es verdad. Todo lo que escribo es prosa: ensayos, perfiles, crónicas, entrevistas, creo que más que ensayista y narrador, yo diría que soy prosista, concebida la prosa en un amplio espectro».

La presentación de La distorsión, reitero, será el viernes siete de junio a las siete de la tarde en el foro Cauz (Morelos 1, esquina con Barragán), veámonos allá.

 

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: Millennial decimonónico

 

 

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