En esta segunda parte de la conversación, Miguel Cruz habla de sus experiencias en la Ciudad de México, de su concierto de titulación y de su estancia de un año en Chiapas.

La nueva oportunidad: la gran ciudad

Me fui a vivir a la Ciudad de México, fue una etapa muy buena porque casi estábamos inaugurando el Centro Nacional de las Artes, todavía no había escuelas, lo único que había eran los talleres. Se compró un equipo de percusión, tenían dos marimbas de concierto de cinco octavas, tenían un súper equipazo y teníamos el CNA para nosotros solos. Estudiábamos desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, solamente salíamos a comer. Fue una etapa en la que levanté muchísimo mi nivel en la cuestión contemporánea y en la parte técnica de la música clásica, tuve la fortuna de que me trataran muy bien los maestros Alfredo Bringas, Ricardo Iván Manzanilla, Raúl Tudón, incluso toqué con su ensamble algunas cosas
En el Diplomado conocí a un amigo cubano que se llama Lester, que tocaba en un grupo cubano, cuando Terminé el Diplomado, un día me dijo oye, hace falta un percusionista en la banda, ¿no quieres hacer una audición? Era un grupo de hermanos que se llamaba Los Sauces, un grupo famoso, en su época, en Cuba porque la guitarra tenía Midi y hacía las flautas, las trompetas y a veces los pianos. Estaba todo muy armado: el cantante tocaba violín, el bajista componía y cantaba, la hermana tocaba el piano y uno de los hermanos mayores, Ángel, tocaba todo el set de percusión —conga, timbal y campanas— a la vez. Después se salió, quisieron agrandar el grupo y le pusieron batería y percusión. Fui a la audición, me gané la plaza y empecé a tocar con ellos aunque no tenía la experiencia de la música popular cubana. Estuve con ellos cinco años y aprendí bastante, tocábamos en bares y en varios lugares de la Ciudad de México.
Cuando empecé tocar en ese grupo, mi maestros del Diplomado vieron que empecé a bajar de nivel y me cuestionaron: ¿qué es lo que quieres hacer?, ¿te gusta lo contemporáneo o lo popular? Me acuerdo que hasta hubo una reunión, me encerraron en un salón y me dijeron ¿estás o no estás? Todas esas experiencias que tuve con ellos me ayudaron mucho a definir un perfil en mi vida profesional.
Cuando terminé el Diplomado, en la Orquesta me dijeron ya tienes que regresar. En esa época, desgraciadamente los grupos de la SEV entraron en una crisis política y yo lo que quería era la música, no quería política, no quería nada de eso y renuncié a mi plaza, muchos se quedaron asombrados, me dijeron ¿por qué vas a renunciar? y yo dije pues porque lo que necesito es tocar.

Toque de tambor

Me quedé con ese grupo, estuve tocando bastante, toqué en el Nikko —el hotel japonés—, en un lugar que se llamaba La Valentina, que estaba en Insurgentes, y en muchos otros lugares. Aprendí el set del bongó con la conga, campanas, un montón de cosas, a la vez, como yo ya había tenido una relación con la música cubana folclórica con Cándido y con Javier, ya tenía unos conocimientos y empecé a estudiar por mi cuenta.
Un amigo del Diplomado que se llama Diego Espinosa —un tremendo percusionista de música contemporánea que estudió en Ámsterdam y ahora está en México—, empezó a tocar tambores Batá religiosamente y un día me dijo:
—Oye, te quiero invitar, a ver si vas
—Órale, sí voy, yo he estado en Cuba pero aquí en México nunca he ido
Y me invitó al primer Tambor religioso en el que me pude sentar con el permiso del dueño del tambor, fue por por Culhuacán, en una fiesta de un santo. Ahí conocí a un amigo que se llama Miguel Valdés —fue percusionista de Emiliano Salvador mucho tiempo en Cuba—, me dijo siéntate, toca un poco; empecé a tocar y me dijo oye, tocas muy bien, a ver si estamos en contacto.
Pasó el tiempo y en una ocasión, no sé por qué razón mi amigo no podía ir y me habló, me dijo oye, ¿puedes ir a tocar?, y me puse a estudiar porque es una infinidad de toques. Eso fue por el año 99 o 2000, desde ahí hasta la fecha he seguido tocando tambor religioso.

Concierto y desconcierto

Seguí con ese grupo cubano, hicimos un disco en la onda del latin pop, íbamos a los Acapulco Festival, hacíamos radio, incluso venimos a Xalapa a hacer una promoción. Los amigos de la Facultad me veían en la tele, en los programas de Hoy, en los programas de acá y allá, imagínate.
Empecé a entrar en otra dinámica, la música contemporánea se paró y como en el 2001, un día iba en Reforma por el Auditorio Nacional, me paré y dije ¿qué onda?, ya terminé, ¿qué voy a hacer? y volvieron esos recuerdos de Tambuco de qué era lo que quería hacer en mi vida.
Siempre tuve contacto con mis maestros y compañeros de la Facultad, cuando iban a México, me hablaban, se quedaban conmigo en el departamento. Mi maestro Miguel González se había ido a estudiar una maestría a Bélgica y siempre estábamos en contacto. Un día, Rodrigo Álvarez me dijo:
—Oye, tú ya terminaste, ¿no?
—Sí
—¿Y cuándo vas a hacer tu examen profesional?
—Estoy en eso
—Pues ya, échale ganas
Lo que menos podía comprar era una marimba pero tuve la oportunidad de que un amigo me prestara la suya y me iba a estudiar todos los días en la mañana desde Coyoacán hasta Plateros, montaba una pieza, decía no, esta no me gusta, mejor otra. En esa época empezaba el Internet y mandé a pedir unas obras a Estados Unidos. Empecé a enfocarme a eso, pero de repente dije yo no me voy a dedicar a lo contemporáneo ni a lo clásico, lo sé tocar y me gusta pero no es el perfil que voy a querer, entonce empecé a diseñar mi examen profesional.
Miguel regresó de Bélgica, estuvo unos días en México, se volvió a ir y dejó su marimba en mi departamento, entonces, como que todo estaba puesto como para que yo estudiara. Empecé a estudiar con una disciplina muy fuerte, preparé mi programa en cuatro meses.
Hice mi examen profesional en el 2002, soy como el tercer o cuarto graduado en la historia de la escuela, del área de percusiones; el primero fue Rodrigo, después Miguel González, luego Juan Martínez, pero creo que ese fue por promedio, y luego yo.
En mi primer programa toqué una obra clásica, una contemporánea, un ragtime —por ahí iba yo al jazz—, una pieza de bongó con música contemporánea electrónica, luego toqué una pieza que mandé a pedir a Nueva York—que fue un estreno en México— de Roberto Vizcaíno, Rumba Clave, y después toqué una pieza contemporánea de multipercusión con una pianista con la que había tocado en México porque era más fácil ensayar allá, se llama Judith, tiene un doctorado en acompañamiento y es muy buena acompañante, y la pieza no está nada fácil, es más solística de piano que de percusión.
Hice mi primer concierto así, me lo aceptaron, mis sinodales fueron Chucho Reyes, Juan Martínez, Rodrigo Álvarez y el maestro Alejandro Corona, y mi maestro Sergio como suplente, Miguel no podía estar porque estaba fuera.
En ese primer recital, cumplí la parte académica, para el segundo recital dije aquí es donde voy a demostrar a dónde voy, qué es lo que voy a hacer en mi vida profesional, si me reprueban o no dejan que me titule no hay problema, pero yo voy a eso. Me lo aceptaron y toqué una parte del Oro Seco que se toca en la religión yoruba para los santos, es puro toque de tambor pero cada toque es para un Orisha. Después toqué una pieza que yo hice y la estructuré con Renato Domínguez, es una pieza de batería con percusión. Con el Cuarteto de Saxofones de México —el grupo del maestro Abel Pérez Pitón— grabé un disco que se llama Mangüé, como ya habíamos hecho ese trabajo, los invité a tocar la pieza que le da nombre al disco, Mangüé, es un danzón escrito por el compositor mexicano Eduardo Gamboa. Luego tocamos una pieza popular que se llama Cachita, con el Cuarteto de Saxofones y percusión. Después toqué cosas de djembé y rumba.

Pude hacer esto porque el programa de la escuela ya había hecho un cambio a nivel profesional, ya podías elegir varios perfiles tanto en lo clásico, lo contemporáneo y lo popular, aunque no teníamos los maestros en la Facultad para lo popular, ya había la posibilidad de poder sustentar estos exámenes académicamente y me dio mucho gusto y estoy muy contento porque esto permitió que se abrieran más posibilidades en la Facultad y a partir de ahí se empezó a graduar mucha gente con este perfil, que tocan jazz, que tocan conga, que tocan todo eso.

Más actividad en la gran ciudad

Me gradué, seguí en el DF, seguí con el grupo cubano y ese mismo año tuve la fortuna de tocar con Celia Cruz un concierto en el Auditorio Nacional porque había sacado el disco La negra tiene tumbao, es un concepto entre música latina y pop, armaron el concierto en México, invitaron al grupo como parte del sonido pop y me hablaron a mí para que tocara la percusión. Fue una sorpresa para mí porque había escuchado con mi abuelo a la Matancera y había oído cantar Celia, y ahora iba a acompañarla. En esa noche, Celia quería cantar a los santos, invité a mi amigo Miguel Valdés y a otro amigo percusionista cubano que se llama Raúl Oviedo y tocamos batá.
Seguí haciendo proyectos en el DF, seguí tocando tambores; estuve tocando con la Orquesta de las Américas, hicimos una ópera en el Cervantino; estuve tocando con Gonzalo Romero, el maestro pianista, estuve unos años con él haciendo conciertos por toda la república con sus orquestas, de hecho tocamos aquí en Xalapa. También toqué con Miguel Bosé en un programa con orquesta sinfónica y percusión, Alfredo Bringas y Raúl Tudón me dijeron tú manejas la onda popular, me invitaron y tocamos los tres varios en conciertos. Estuve supliendo a muchos músicos de la música cubana, estuve en Mamá Rumba —un lugar de baile— y tuve la fortuna de conocer en un lugar que se llamaba Los Íntimos, que estaba en la Roma, donde se juntaban todos los músicos jazzeros cubanos, ahí conocí a Osmany Paredes, a un bajista que se llama Pantaleón y a Hilario Bell, un baterista con el que tuve la fortuna de tocar.
Me casé con Roselina Moreno, ella estudió percusiones en la Facultad de Música de la UNAM e hizo una maestría de marimba en Bélgica con Ludwig Albert en la misma época en la que estaba Miguel González allá, es ganadora del Premio Nacional de Marimba en Chiapas. En el 2004 o 2005, la Orquesta Sinfónica Juvenil abrió una plaza y le dije a mi esposa oye, ¿no quieres irte a vivir a Xalapa? Hizo la audición, quedó, se vino para Xalapa y yo venía a visitarla.
Luego, mis amigos del grupo tenían ganas de irse a Miami, ya estaban arreglando todo para irse, entonces no había mucho trabajo. En un momento, mi esposa me dijo oye, creo que ya se va acabar el trabajo en la orquesta, ¿cómo ves si vamos a Chiapas? Pusimos las cosas en la balanza y dije bueno, pues vamos.

Chiapanecos, el jazz me reclama

Chiapanecos, la paz os reclama,
y el trabajo también y la unión.
Que el amor como fúlgida llama
os inflame el viril corazón.
(Himno a Chiapas.
José Emilio Grajales / Miguel L. Vasallo)

Fui a Chiapas en el 2004, estuve en la Escuela de Música de la UnicaCh, no contratado oficialmente como maestro de carrera sino daba unas materias de talleres, aparte estaba dando talleres de música popular en la Autónoma de Chiapas. Tenía contacto con Édgar [Dorantes], a veces me decía oye, ¿qué vas a hacer?, vente, vamos a tocar; entonces empecé a colaborar con el cuarteto de Édgar desde allá.
Estando ahí, mi cuñado, Israel Moreno, me invitó a un grupo de marimba de jazz que se llama Na’rimbo y entré a tocar con ellos.
Estuve un año en Chiapas pero no pude madurar musicalmente muchas cosas que quería, entonces, en un momento le dije a mi chava vámonos para Xalapa, y nos venimos en el 2005.

Regreso al manantial

Cuando llegamos, vivíamos por la Pitaya pero yo no tenía trabajo, me vine sin nada. Cuando estaba en México muchos me veían y querían tomar clases conmigo, entonces empecé a dar clases, tenía alrededor de ocho o diez alumnos a la semana, casi vivía de eso, y los fines de semana me iba a tocar batá a México. Seguí tocando con el trío de Édgar, éramos Édgar, Aleph y yo, estuvimos haciendo algunos conciertos y se hizo una amistad muy fuerte entre los tres.

(CONTINÚA)

PRIMERA PARTE: ¿Dónde te agarró el tambor?
TERCERA PARTE: JazzUV, la historia de un amor
CUARTA PARTE: Confieso que he percutido


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