A escasos tres días de que concluya el gobierno de Enrique Peña Nieto, sigo pensando que las cosas no están tan mal como aseguran su millones de opositores, ni tan bien como opina su reducido número de simpatizantes.

Frente a políticas públicas más o menos eficaces, los escándalos de corrupción y la creciente inseguridad –que dejará más víctimas que en el gobierno de Felipe Calderón-, marcaron su gobierno, reservándole un lugar en la historia como el peor presidente que ha tenido el país. Si bien las cifras e indicadores podrían indicar lo contrario, lo cierto es que el juicio popular así lo establece.

Y Peña lo sabía desde hace mucho tiempo. Lejos del reconocimiento ciudadano, el presidente optó por asegurar su futuro en dos frentes: con Andrés Manuel López Obrador al interior del país, y con Donald Trump en la arena internacional. Más allá de lo que vaya a ser su futuro personal –político ya no tiene ninguno-, puede estar tranquilo porque ha recibido la buena voluntad de ambos personajes.

A AMLO le entregó la presidencia la misma noche del primero de julio. Salió públicamente a reconocer su victoria y de inmediato –conforme a los acuerdos hechos semanas antes-, empezó un inusitado y colaboracionista proceso de transición que le permitió al tabasqueño gobernar desde el primer día. A partir del sábado ya lo hará como Presidente en funciones.

Peña aceptó claudicar en todo lo que López Obrador le impuso: no hubo defensa alguna de la cancelación del aeropuerto internacional de la ciudad de México –su obra de infraestructura más importante-, liberó a Elba Esther Gordillo, promovió él mismo la reformas a la ley de la administración pública para crear nuevas dependencias y acató todas las condiciones impuestas como parte del proceso de transición. Este sábado que inicie el nuevo gobierno, la mesa estará servida.

En el exterior, la medida fue aún más abyecta: otorgar la orden mexicana del Águila Azteca al asesor senior de la Casa Blanca -y yerno del presidente Donald Trump-, Jared Kushner, “por sus significativas contribuciones para lograr la negociación del nuevo Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC)”.

No sé si controlar a su deschavetado suegro sea mérito suficiente para recibir la principal presea que otorga nuestro país a un ciudadano extranjero. Por semanas, el presidente norteamericano se dedicó a dinamitar un acuerdo comercial que resultó desventajoso para el país. Fuera de eso, Kushner habrá estado acaso un par de veces en México.

Eso no importa. La presea le representa a Peña Nieto un gesto de buena voluntad para con Trump –cosa que le importa muy poco-, y un entorno favorable en aquél país, en caso de que decida que esa será una de sus residencias temporales una vez que deje la presidencia.

Hace apenas unas semanas, el propio Peña había reconocido que la visita de Donald Trump durante la campaña electoral norteamericana había sido un grave error que le costó el cargo a Luis Videgaray, su hombre de mayor confianza. Hoy les entrega el Águila Azteca a los Trump

El otrora poderoso presidente, el joven reformista impulsor de los cambios que necesitaba el país para las próximas generaciones, quedó desdibujado a un servil operador del presidente electo y un abyecto mandatario frente a la arrogancia del vecino del norte. Convirtiéndose en el peor presidente de la historia, Peña aseguró su futuro y su libertad.

La reciente aprobación de las reformas para eliminar el fuero a altos funcionarios públicos es una estrategia más del pacto de transición entre Peña y López Obrador. Si bien se trata de una oferta de campaña, en esta coyuntura también ha servido para apaciguar el malestar causado por el perdón otorgado.

La idea del punto final que otorgaría protección e impunidad a los miembros del gobierno saliente –la justicia provocaría un pantano, según López Obrador-, no ha sido visto con buenos ojos por sus simpatizantes. Por ello, se ha guardado una carta: la consulta ciudadana para decidir si se investiga a ex presidentes, cuando la aplicación de justicia no debe un síntoma más de la “consultitis”.

Peña ya tiene su lugar en la historia; se lo ganó a pulso. López Obrador ya cuenta con su propia historia, sin embargo, la que lo marcará como presidente empieza este sábado. Lo que hemos visto hasta ahora es el “tráiler” de la cuarta transformación.

 

Los mexicanos estamos acostumbrados a pasar de la confianza a la decepción en un santiamén. Dicen que el verano dura lo que tarda en llegar el otoño; en el discurso del próximo primero de diciembre podríamos ver caer las primeras hojas.

 Las del estribo…

  1. Que El Universal diga que López Obrador ha caído nueve puntos en la aprobación de los mexicanos no es novedad; se le puede acusar de estar herido en sus intereses. Que el resto de las encuestadoras hagan mutis se entiende por la incertidumbre de su futuro. Por ellos están hablando el dólar y la Bolsa Mexicana de Valores. Veremos cómo amanecen el lunes.
  2. La Coordinación General de Comunicación Social presume que logró eliminar la práctica de los convenios con los medios. ¿Cuál es el mérito de tomar revancha? En su inocente incapacidad, los funcionarios del gobierno creen que “todo es culpa de Duarte” era la única política pública necesaria. Lo pagaron caro.
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