En su arrogante ignorancia, el gobernador respira un aire de paz y tranquilidad mientras a los xalapeños nos asfixia la indignación y el medio ante la cercanía cotidiana de la muerte. Tras el ataque mortal, este sábado muchas personas decidieron resguardarse en sus casas y echar a la calle sus temores más profundos. Nos han robado la ciudad y la confianza.

La muerte de dos personas la noche del viernes en un antro, a escasos metros de la oficina del mandatario estatal, es un capítulo más de una larga noche de violencia incontrolable que ha vivido la capital. Los delincuentes demostraron una vez más que son más fuertes, que son más inteligentes y que están mejor organizados que la autoridad.

A ellos no los amedrenta la propaganda oficial, el desfile de patrullas y uniformados, la llegada de la policía militar o la amenaza de que no se metan con las personas de bien. Su respuesta siempre es más eficaz a la hora de arrebatar la vida y la tranquilidad de una sociedad en desamparo, no importa si en el catálogo oficialista, se trata de delincuentes o de víctimas inocentes de la ineptitud.

Los ciudadanos nos encontramos completamente expuestos a una violencia que la autoridad desconoce. No entiende su origen, no conoce a sus líderes ni sus protagonistas –y cuando lo hace, justifica carecer de elementos para castigarlos-; no tiene de información e inteligencia que le permita prevenir la desgracia. La falsa oferta de la recompensa no es más que sacudirse la responsabilidad: investigar es tarea de las autoridades, no de los ciudadanos.

La noche de este sábado desapareció el optimista comensal de La Rotonda para dar lugar a un atribulado Secretario de Seguridad que sólo atinó a presentar un video proporcionado por el mismo establecimiento. La investigación no existe, sólo la presunción. Sólo queda indignarnos ante la facilidad con que se puede atentar de manera impune, sin más dificultad que la sangre fría para hacerlo.

La nueva jornada de violencia y muerte que ha vivido la ciudad nos vuelve a llenar de dudas, de miedo, de rabia. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo hicieron? ¿Era acaso un mensaje? ¿Para quién? La respuesta, una vez más, ha sido el silencio lapidario. Hoy no hay a quien echar la culpa, hoy no se podrá decir que el trabajo es un delito, porque quienes murieron este viernes, lo hicieron mientras trabajaban.

La incertidumbre alimenta nuestros miedos. ¿Quiénes son? ¿Qué pretenden? ¿Acaso los delincuentes que no se han ido o aquéllos que han llegado a pelear la plaza?; recordemos que hace algunos días circuló en las redes sociales un audio donde se advertía de posibles ataques a quienes salieran por la noche. Lo que parecía una broma de mal gusto, se convirtió en una advertencia cumplida.

¿Para quién fue el mensaje? ¿Para los empresarios que se niegan a pagar el derecho de piso y deciden denunciar? ¿Para una sociedad que debe someterse al imperio de una delincuencia? ¿Para la autoridad y la llegada de sus refuerzos de la policía militar? Los ciudadanos debemos saberlo para entender el riesgo al que estamos expuestos.

Es cierto, la culpa no es de la autoridad. Ellos no dispararon las armas. Pero es su responsabilidad. Y en ello, ¿quién es más responsable? ¿El gobierno federal que sigue sin escuchar –a partir de un cálculo o acuerdo político- la exigencia de un Comisionado Federal de Seguridad que se haga cargo de lo que el gobierno estatal no puede? ¿Es más culpable un gobierno estatal arrogante e ineficiente que se ha dedicado a culpar a su antecesor en lugar de plantear una estrategia y realizar una inversión real para cumplir su principal promesa de campaña? ¿Tiene culpa el gobierno municipal que ha salido a exculparse, temeroso de adquirir en breve una responsabilidad que será incapaz de cumplir? ¿Somos responsables quienes nos hemos dejado invadir por esta malaria delincuencial, concediendo con nuestro silencio para no ser una estadística más?

Desde ayer arreció la disputa política entre el gobierno estatal y el nuevo presidente municipal a causa de la inseguridad y la violencia. El catálogo de culpas sólo sirve a la delincuencia que se regodea de la capacidad que tiene para delinquir en la absoluta impunidad. Para ellos, es tarea fácil que los gobiernos se disputen los votos mientras ellos se llevan el botín que les arroja el secuestro, la extorsión y el cobro de piso.

Xalapa está mal herida. Hoy la ciudad de las flores huele a cempasúchil. Es el olor de la muerte.

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