Al médico poeta y traductor francés, Joseph Charles Mardrus, (el Cairo, Egipto 1868 – París, Francia, 1949) se le acredita la traducción de Las Mil y una Noches del árabe inicial al francés que se publicó en 1898. El español Vicente Blasco Ibáñez, lo tradujo al castellano. Y con este dato cultural, comenzamos el maravilloso artilugio de narrar a la hora del alba para suspenderla ya cuando el horizonte se teñía de rojo, allá por Cardel y Chachalacas. Schehrezada habló durante mil y una noches, contando al rey, su marido, aquellos tan hermosos cuentos, muy parecidos a lo que vamos a relatar.

El visir, padre de Schehrezada, y con el visir todo el pueblo, extrañábase sobremanera de que Schariar el soberano hubiese ido perdonando, noche a noche, la vida de su bella consorte, condenada a morir desde el instante mismo del casamiento, para vengar en ella la perfidia de anterior mujer. Ellos no sabían que la vida de Schehrezada dependía de sus puros cuentos.

Pero aconteció, estimado lector, que se cumplieron las mil y una noches, y que en aquella que debía ser la número mil y dos Scheherezada se encontró con que no guardaba su mente un solo relato más para entretener el ánimo del rey su esposo. Entonces, al pronunciar la última palabra de su última historia, Scheherezada se arrodilló delante de Schariar:

-Señor y esposo: mucho me temo que la hora de mi muerte ha llegado, puesto que nada más tengo para contarle.

Nada, replicó el soberano, pero con sus dos manos acariciaba los renegridos bucles de Scheherezada.

Así pues, señor, manda cumplir tu sentencia.

El cábula de Schariar, en la penumbra del alba, sobaba blandamente a Scheherezada, y sonreía. Luego habló y dijo:

-Vive, joven hermosa; vive, porque eres maravillosa mujer.

La cual, oyéndolo, se le aventó a los brazos:

-Gracias te doy, soberano, por regalarme la vida. Pero aclárame el punto, perdonando la curiosidad: ¿qué es lo que te llevó a revocar mi sentencia de muerte? ¿Será mi belleza? ¿Mi juventud?

-Bien lo sabes, Scheherezada. Ni tu belleza ni tu juventud, siendo extremas, te han salvado la vida. Sabes bien que si has sobrevivido el tanto de mil y un sexenio (perdón, mil y una noches), ello es por lo maravillosa contadora de cuentos que me resultaste. Has de saber que no me engañabas; que desde la primera noche descubrí tu estrategia, tu procedencia y ese estilo típicamente priista de contar tus cuentos. Desde entonces supe que eres una fabulista ‘ora’ sí que de fábula, enviada expresamente por el partido… Entonces me indigné y dije: muy temprano ha de morir, por andar queriéndome ver la cara de ciudadano meshica al que mantienen a pura punta de cuentos. Las noches pasaban, y tú, día con día, contándome los mismos cuentos, las promesas de siempre, los sempiternos propósitos de enmienda. Pero eso sí: qué manera de contarlos… Yo, oyéndolos, posponía uno y otro sexenio la hora de tu muerte, de modo tal que ahora mismo, casi al filo de la mil y dos noches, he decidido que sigas viviendo, ¡oh! mi parlanchina, mi embustera irredenta dignísima representante del partido oficial…

-No, y fíjate que ahora mismo se me está ocurriendo otro. ¿Te sabes los de: ¡Veracruz late con fuerza! y ¡Adelante!?

-Por qué te perdono la vida, ni yo mismo lo sé. Quizá porque ya es hora del alba, y tus cuentos me han mantenido sin probar el sueño toda la noche. Tal vez porque a estas horas me agarras ya muy cansado. Será que, a fuerza de sexenios, me he ido volviendo adicto a tus historietas. A lo mejor acontece que, en el fondo, te he llegado a querer. Lo más seguro es que te perdono la vida porque creo en tus embustes. Porque quiero creer tus cuentos. Porque, a lo mejor, ocurre el milagro de que esta vez no lo sean. Ah, Scheherezada patrañera, si tú supieras, a estas alturas, las ganas que tengo de creer… Y ya nos vamos porque ya empezó la XXII asamblea, a ver si me toca algún candado, porque el que tengo de la puerta del corral, ya no sirve, y temo que se me vayan a salir las ovejas y los borregos.

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