Hace un par de años platiqué con Cris Lobo, ese viejo lobo de jazz, y entre muchas otras cosas me dijo: «Hay algunos músicos que están cuidando la música como Wynton Marsalis, Keith Jarrett, Herbie Hancock (hace no mucho estuve alternando con él y me dio mucho gusto), Pat Martino (…). Ellos son los guardianes del acervo, del arte de la música» (Ver: El perfume de la vida │ Cris Lobo / III)

A nivel local, Adolfo Álvarez es uno de esos guardianes del jazz. Cuando era niño quería ir a una escuela de natación pero nunca hubo dinero para eso, a cambio, como vivía a la vuelta de la Escuela de Música de la UNAM y tenía un precio accesible, 100 pesos mensuales, sus padres lo metieron ahí. Estudió piano y violín hasta que llegó la adolescencia y con ella el rock, y con él, la batería, y con ella, la música como profesión.

Tras el peregrinar de rigor por el mundo de la música comercial, esa que sí deja dinero y que lo llevó a bares, bailes e, incluso, a Televicentro, se encontró con Francisco Téllez, quien lo introdujo en un mundo que había vislumbrado pero del que no formaba parte: el enigmático mundo del jazz. «Nos propusimos –me relató hace unos años- hacer un grupo de jazz y dedicarnos seriamente a trabajar en eso. Téllez, que es muy serio, muy organizado, muy entusiasta y obsesivo, francamente obsesivo, fundó el grupo y yo estuve a su lado. Vino un saxofonista que él conocía, un amigo chicano, Armando Pérez Durko, y un bajista aficionado, que no era un músico profesional pero era un buen amante del jazz, así nació el famoso Cuarteto Mexicano de Jazz (…). Y ahí empezamos. Nos pusimos a estudiar, nos pusimos a aprender, nos pusimos a hacer una escuelita interna. Este grupo fue realmente muy formativo, intentamos, y lo hicimos lo mejor que pudimos, auto educarnos en el asunto del jazz, profundizando e investigando con seriedad» (Ver: Adolfo Álvarez, jazzero inoxidable / II)

A partir de ese momento, también me comentó, Francisco Téllez y él prometieron dedicarse exclusivamente a esa música y ambos han cumplido. Tras cuatro o cinco años de estancia en el cuarteto, con el que tuvo cientos de presentaciones a lo largo de todo el país, recibió la invitación de Memo Cuevas para integrarse a Orbis Tertius. Se trasladó a Xalapa y militó en el grupo de jazz decano de la Universidad Veracruzana durante una década, de 1980 a 1990. Pasado ese lapso, sintió que su misión en Orbis Tertius había sido cumplida y que debía emigrar.

Dejó el grupo y pasó a fungir como acompañante en la Facultad de Danza Contemporánea. El virus de la música, una vez inoculado es indestructible, por ello convocó a Humberto León para que acudiera a su casa guitarra en mano y lo acompañara a gastar las tardes tocando por el puro placer de hacerlo. De esa complicidad vespertina nació Jazz entre Tres, su proyecto personal.

Muchos músicos han pasado por ese trío: los guitarristas Humberto León, Stefan Oser, Emiliano Marentes y Rubén Pérez León, el pianista Édgar Dorantes, los bajistas Agustín Bernal, Benjamin Willis, Aleph Castañeda, Ángel Luis Guerrero, Óscar Terán, Juan Francisco Galván, Nacho Quinto y Tello Castillo. El proyecto estuvo activo entre principios de los 90 y el año 2011, cuando se jubiló de la Universidad.

Poco tiempo duró el asueto, tras un par de años, el virus volvió a hacer de las suyas y reorganizó el trío con dos jóvenes también muy talentosos, el saxofonista Rodolfo «el Chane» Hernández y el bajista Jorge Gamboa.

Recientemente, acaso por la nostalgia, acaso por la condena del eterno retorno, ha convocado a los músicos que lo acompañaron hace 13 años (cifra cabalística) para presentar el concierto Jazz entre Tres. Reunión 2004. Rubén Pérez León en la guitarra y Nacho Quinto en el contrabajo serán los cómplices de ese viaje por la memoria de Adolfo Álvarez que se presentará en Mamajuana Bar (Bremont 33) el próximo jueves 20. El jazz se hará a partir de las 9:00 de la noche, la cooperación será voluntaria, ojalá sea voluminosa. Hay que ir.

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