Como refiero en el texto que publiqué hace unos meses (Ver: El día que nació el jazz en Xalapa), a través de indagaciones casi arqueológicas, Guillermo Cuevas tuvo noticia de que entre los años 30 y 40 hubo en Xalapa un par de agrupaciones, Los Bombines Dorados y Los Caballeros del Estilo, que interpretaban algunas piezas que anunciaban como jazz, sin embargo se pregunta «¿(…) tenían alguna influencia del jazz, o presentaban repertorio que había sido tocado por jazzistas, o reproducían algo del fraseo y la instrumentación de los grupos de Nueva Orleáns o de la llamada Era del Swing? ¿Sabían esos músicos xalapeños algo de Coleman Hawkins, de Art Tatum, de Chich Webb? Creo que con respecto a lo que ahora la mayor parte de los historiadores considera jazz, no hay gran cosa en el pasado de Veracruz.»

En los años sesenta el chipi-chipi era encimoso y la neblina eterna, cuentan los antiguos que había que andar por las callejas a tientas, guiándose solamente por las sonatas, sonatinas, estudios y piezas ligeras que se escurrían entre los postigos y la herrería decimonónica de las fachadas de calicanto, emanadas de un artefacto imprescindible en la escenografía clasemediera, el piano. Cramer, Clementi, Beethoven y Chopin se dispersaban por el aire esfuminado y las húmedas baldosas de una ciudad melómana en la que, sin embargo, la palabra jazz era tan vaga como las siluetas transeúntes, un término recién horneado que nacía con cierta dosis de misterio y exotismo.

Las calles Enríquez, Primo Verdad y Zaragoza, y el año 1963 fueron encomendados por el azar para que inocularan la semilla de esa música enigmática en esta feraz provincia, ese año, Guillermo Cuevas, que ya llevaba un tiempo estudiando piano, ingresó como estudiante a la Facultad de Filosofía y Letras y como percusionista a la Orquesta Sinfónica de Xalapa que estrenaba director, el joven, talentoso y prometedor Francisco Savín. Una de esas tardes de pleniniebla descubrió azorado, entre electrodomésticos, muebles y modernísimas consolas reproductoras de acetatos que coexistían en una tienda del Pasaje Enríquez, una serie de nombres que no figuraban en su creciente inventario de malabaristas de las notas: Cal Tjader, Mongo Santamaría, Vince Guaraldi. Entre ellos apareció uno que le resultó familiar porque alguna vez emergió, no desprovisto de misterio, de los labios de su primo, el también joven, también talentoso y también prometedor pianista Raúl Ladrón de Guevara: Dave Brubeck. Brubeck à la mode fue el disco elegido para abordar una de esas cabinas, provistas de una tornamesa, que representaban el factor decisivo para determinar en cuál de tantas opciones había que invertir los 63 pesos que costaba un LP. Cuando escuchó la pieza inaugural del álbum, Dorian Dance, cayó en un estado de trance del que, medio siglo después, no ha logrado salir.

La semilla estaba ya en el barbecho, tres años más tarde habría de echar sus primeros brotes. Un próspero empresario xalapeño, el señor Antonio Ballesteros, alquiló el local, recientemente construido, que se ubica en la esquina de las calles Zaragoza y Primo Verdad (donde actualmente se ubica la Fundación Dondé) para abrir un nuevo negocio, el Café Cristal.

Su esposa, la señora Grayeb, había estudiado piano. Cohabitaban uno de los departamentos del Edificio Enríquez hasta el que Juanote había trasladado un piano de un cuarto o media cola. Una tarde idéntica a la de tres años atrás, convocado por el matrimonio, el joven Cuevas arribó al lugar para presidir una de esas tertulias en las que el instrumento musical era el personaje central. El hecho de que el piano se encontrara exactamente encima de la cabina de Discolandia en la que se produjo el primer encuentro con el jazz, debe atribuirse menos al azar que al designio de un espíritu chocarrero.

Para entonces, en sus viajes a la Ciudad de México con la Sinfónica, el joven había adquirido al menos otros dos discos del pianista californiano: el inevitable Time Out y su secuela, Time Further Out. Había conseguido, además, las partituras. Blue Rondo à la Turk, Strange Meadow Lark y Blue Shadows in the Street fueron las piezas que seleccionó para inaugurar una tardeada que habría de resultar definitoria para el nacimiento del jazz xalapeño. El efecto fue tal que el señor Ballesteros propuso que su cafetería fuera el foro para presentar ese portento musical a la sociedad xalapeña.

Guillermo tenía su piano en un pequeño cuarto al que acudían algunos de sus compañeros de la Sinfónica para tratar de emular las nuevas sonoridades de una manera que resultara convincente al menos para ellos mismos. El más constante era el percusionista de la Sinfónica, Francisco Martínez, el Pingüino, quien se desempeñaba como baterista en una de las tres orquestas de baile, con formato de big band, que había en la ciudad, la de don Luis Martínez.

Esa era la orquesta que reclutaba más músicos de la Sinfónica puesto que don Luis Martínez era el primer trombón y su hermano César (padre de Sergio Martínez el Picos), trompetista. Estaba también el primer clarinete, Máximo Romero, que en esta banda tocaba el saxofón. El bajista era Porfirio Paleta y el guitarrista, Joaquín «Juacho» Medina (percusionista en la Sinfónica).

El Pingüino fue el primer convocado a la nueva cofradía, él propuso llamar a Juacho Medina, el guitarrista popular más reputado de la ciudad, sus guitarras acústica y eléctrica representaban papeles protagónicos en serenatas, fiestas, bailes y reuniones bohemias. Su repertorio, por ende, era extenso y variado, lo mismo abordaba boleros que música brasileña y temas del cancionero estadounidense. Cuevas recuerda su sonido como una mezcla del requinto de Juan Neri y la guitarra de Django Reinhardt.

De los tres bajistas de la Sinfónica, el que mejor se desempeñó en las audiciones informales fue Porfirio Paleta. Era muy difícil conseguir saxofonistas o trompetistas y Máximo Romero no mostraba ningún interés por el jazz, esto representaba un problema pues la formación que Memo tenía en mente precisaba de un aliento que se hiciera cargo de la melodía, para salvar el obstáculo llamó a uno de los flautistas de la Sinfónica, Manuel Baixauli, músico valenciano disciplinado y excelente lector de partituras.

Tanto Paleta como Baixauli dominaban la técnica de su instrumento y eran capaces de ejecutar impecablemente lo que leían pero carecían de chispa improvisatoria por lo que los solos corrían a cargo del pianista y el guitarrista, el más experimentado en esas lides.

Si la música, como afirma Borges, es una misteriosa forma del tiempo, el jazz es una misteriosa forma del tempo y ahí estaban los cinco iniciados tratando de lograr una proeza jamás imaginada en muchos kilómetros a la redonda, amalgamar un compás de 2/4 con uno de 3/4 para obtener un insólito 5/4. Brubeck y Desmond eran los responsables de tal despropósito. El Pingüino perseguía los golpes de Joe Morello, el baterista de Brubeck, con obsesión felina, Cuevas se esmeraba en desentrañar los misterios de esa hipnótica armonía, Paleta y Baixauli atendían con diligencia los mandatos del papel pautado y Juacho desplegaba su destreza callejera.

Cuando lograron un sonido y un repertorio que los satisfizo, el líder se desplazó hasta el centro para arreglarse con la empresa. El señor Ballesteros propuso la nada despreciable cantidad de 350 pesos, 70 para cada músico, por presentación. Todo parecía listo pero un detalle se les había escapado, la agrupación no tenía nombre. El empresario propuso Combo de Guillermo Cuevas, la propuesta fue aceptada y el nombre apareció, a grandes letras, en el anuncio del Diario de Xalapa que consignaba la fecha y la hora del debut.

Una noche de 1966 que aún pervive en la memoria de los sobrevivientes, entre el chipi-chipi se filtraron las notas de Blue Rondo à la Turk, Samba de una sola nota, Insensatez, Samba Saravá, Oh Pato y de dos temas obligados, Take Five y La Chica de Ipanema. El milagro estaba consumando, el jazz había nacido en Xalapa,

Los músicos estaban sujetos a los horarios de la Sinfónica pero encontraban un espacio dos veces por semana para dar rienda suelta, de 8:30 a 10:00 de la noche, a las nuevas sensaciones sonoras que se expandían por la ciudad como ondas en una tina de agua. Amigos de los músicos, maestros y alumnos de las facultades de matemáticas, física, psicología y arquitectura y xalapeños curiosos acudían puntuales a las veladas para participar del novedoso festín de los oídos. Animosos pero desconocedores del repertorio jazzístico, solicitaban temas que habían escuchado, ya en las producciones hollywoodenses, ya gracias a la capacidad emisora de la onda corta, y que suponían afines al repertorio del grupo.
-Toquen I Left My Heart In San Francisco, dijo una noche un entusiasta parroquiano. La solicitud desconcertó a los músicos porque no conocían ni siquiera el nombre del tema solicitado, el nerviosismo comenzaba a ser visible mas cuando todo parecía perdido, de entre el murmullo de las mesas y el tintineo de las cucharas, sobresalió una voz salvadora:
-Yo sí me la sé
Era Juacho, el sabelotodo de la melomanía mundana. Le dictó los acordes a Memo, le dio algunas instrucciones al Pingüino y la nave que zozobraba enderezó el rumbo y continuó su travesía, incólume, por los mares de la noche.

A las diez y media de la noche, tras levantar el equipo, armar la batería y cobrar su remuneración, los cinco cofrades se dirigían al Pasaje Enríquez donde el Café Emir los esperaba con el banquete acostumbrado, Salchichas alemanas, un platillo que constaba de tres salchichas con cátsup y mostaza, una pieza de pan y una cerveza. Siete pesos era el costo de ese menú, Memo invitaba a todos e invertía solamente la mitad de lo obtenido por hora y media de placer frente a las teclas.

La noticia se propagó con velocidad de gacela, un número creciente de diletantes se aproximaba a la moderna fachada curva donde se gestaba el nuevo movimiento sonoro. No tardaron en llegar los contratos para fiestas particulares en las que, en ocasiones, la formación se simplificaba en trío, algunas veces a causa de los compromisos de los músicos, las más, por razones presupuestales, no cualquiera estaba dispuesto a cubrir los 350 pesos que costaba la formación completa.

Guillermo seguía en la Facultad de Filosofía y Letras, el argentino Luis Mario Schneider, entonces director de la institución, entusiasmado por el furor que empezaba a causar el grupo, organizaba fiestas a las que acudía la comunidad filosófico-literaria con fruición ilimitada. La más conspicua de esas presentaciones fue la que organizaron las alumnas de la Facultad, instadas por el director. Sesión Órfica en Jazz llamaron a ese encuentro que fue anunciado con carteles, hechos a mano, de colorido psicodélico y enjundia sesentera. En los anales ha quedado registrada la presencia de al menos dos seguidores asiduos, Mario Muñoz, hoy prominente hombre de letras, y José Luis Alcalá, el Brujo, personaje que habría de habría de verse inmerso, al siguiente año, en el segundo movimiento de la sinfonía jazzera.

Los días se sucedían entre síncopas, improvisaciones, elaborados acordes y hallazgos sónicos hasta que un suceso extraordinario marcó una pausa. Cuenta la leyenda que una tarde, hace exactamente medio siglo, la niebla fue adquiriendo una densidad que sofocaba, pedazos de cielo se adherían a los cuerpos, a los árboles, a los perros, a todos los objetos como jirones de algodón. La invisibilidad era absoluta (los relatos que he escuchado son tan vívidos que conjeturo que llegaron a los oídos de Saramago y de ellos extrajo su novela más conocida). La gente caminaba a tientas buscando algún indicio que le ayudara a saber su ubicación exacta. Algunos se guiaban por la armónica de un invidente que perdió los ojos en una pelea de box, quienes lo escuchaban, sabían que se encontraban cerca del mercado Jáuregui. Otros, por el silbato de los churros del Parque Juárez. Algunos desorientados perecieron en las aguas del Dique. Tres días luchó el sol para desgarrar el denso manto, cuando los primeros rayos lograron penetrar, la ciudad seguía en su sitio pero el Combo de Guillermo Cuevas había desaparecido, nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió pero no volvió a vérsele nunca más.

(CONTINUARÁ)

SEGUNDA PARTE: El nacimiento de THNB
TERCERA PARTE: THNB, el esplendor y la extinción

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