Es un lugar común afirmar que el jazz es impuro por naturaleza, pero los lugares comunes suelen tener algún sustento. El origen mismo de esta música es ecléctico, desde el traslado poco amable y nunca consensuado de los africanos a los Estados Unidos, comenzó la integración de elementos de las músicas africana y europea que habría de dar como resultado el jazz. Berendt afirma: «El instrumental, la melodía y la armonía del jazz proceden en su mayor parte de la tradición musical de Occidente. El ritmo, el fraseo y la formación del sonido, así como determinados elementos de la armonía del Blues, son originarios de la música africana y del sentimiento musical del negro norteamericano.»

A lo largo de toda la historia, el jazz ha ido incorporando a su lenguaje elementos que provienen de muchas culturas más o menos lejanas a él. Por su proximidad geográfica, los flujos migratorios y la afinidad de sus raíces, desde los inicios empezaron a sumarse elementos de las diversas formas musicales de las Antillas. Después migró a Europa y de regreso vinieron, de la mano de Django Reinhardt, sonoridades gitanas. Charlie Parker, en presencia de Stravinsky, improvisó sobre El pájaro de fuego. Miles Davis hizo la banda sonora de la ópera prima de Louis Malle, Ascenseur pour l´échafaud. Gershwin compuso Un americano en París. Hacia los años 50 fue a Brasil y regresó con las seductoras cadencias verdeamarelas.

En los 80, esas que han dado en llamar músicas del mundo (término del que desconfío porque presupone la existencia de músicas extraterrestres) permearon con tal fuerza que inundaron la escena con expresiones que habían sido iniciadas la década anterior por John Coltrane y que llegaron a su máxima expresión en grupos como Oregon y Codona e instrumentistas como Don Cherry, Charlie Mariano y tantos más.

En el siglo XXI, prácticamente no hay música popular del mundo que no haya entrado, en mayor o menor medida, en este toma y daca con el jazz. No me atrevería a definir a grupos como Sonex o La Manta como agrupaciones jazzísticas pero, sin duda, en ellos el son jarocho, el son huasteco, la música popular del noreste de México, el rock y el jazz, como en La fiesta de Serrat, bailan y se dan la mano sin importarles la facha.

Jelena Ćirić
Jelena Ćirić

Jelena Ćirić, cantante de la que ya hemos hablado en esta columna, por su condición de migrante en una ciudad tan cosmopolita como Toronto, tuvo una formación ecléctica e incluyente en la que la música tradicional de su país, la música clásica, el jazz y muchas otras influencias coexisten y, también, se dan la mano.

Llegó a Xalapa para impartir clases de canto en el Centro de Estudios JazzUV, tras un año de entrega exclusiva a la labor académica, empezó a presentarse como ejecutante en diversos espacios de la ciudad. Ha presentado dos de sus facetas: la de cantante de su música tradicional y la de jazzista en la que ha tomado, básicamente, standards para presentarnos su propia versión.

El próximo jueves presentará un nuevo proyecto, Sonidos de Serbia, una propuesta en la que la guitarra de Alberto Jiménez, el contrabajo de Erick Quijivix y la batería de Gustavo Bureau harán que, la música con la que Jelena fue arrullada, se convierta en una más de esas múltiples expresiones contaminadas de jazz y eso hay que verlo, será muy interesante y reconfortante. La presentación será el 19 de mayo en La Tasca del Cantor, a las 9:30 de la noche. No se la pierdan.

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