Mientras pienso qué decir de Paul Bley que no haya sido dicho hasta la saciedad en estos días escucho Diane, el disco que grabó junto con Chet Baker en 1985 del que atinadamente un bloguero, del que solo sé que firma como Sonry, dice:

«Y Bley… Bley habita en otra dimensión. Otra donde lo que aquí es sublime, allí parece ser lo natural y habitual. Bley da luz y esperanza a la melancolía de Chet, a cada respuesta del diálogo que mantienen ambos músicos en armonía serena, como si se tratara de una conversación sincera entre dos amigos. Donde el piano parece alentar y reconfortar cada lamento de la trompeta.»

Aunque es un proyecto del trompetista, ahí está el Bley que más quiero, el sutil, el poeta, el que tiende una alfombra de flores menuditas, recién nacidas, para que por ella transite la voz desnuda, expuesta, de Chet.

El quinto track, Every Time We Say Goodbye, cobra un sentido especial, cada vez que nos despedimos para siempre lo hacemos con un yo que no nos pertenece del todo como si alguien se apoderara de nosotros, nos anudara la garganta, hiciera vibrar a nuestra epidermis con la brisa más suave como si estuviera expuesta a un vendaval.

Siempre que decimos adiós, la palma que agitamos al aire se desprende de nosotros y nos deja mutilados. La voz y la trompeta de Chet junto al piano de Paul son pequeños fragmentos de ese que ya no somos, de ese que se ha ido quedando entre las prisas, enredando en la dentadura del sin fin.

El año 2008 Ken Weiss, de Jazz Improv Magazine, y Nobu Stowe, de Jazz Tokyo realizaron una entrevista a Paul Bley. En una de sus intervenciones, con su eterno sentido del humor, comentó:

«PAUL BLEY: (…) ¿Sabes que hay una revista de jazz que me dio por muerto hace tres años?

«KEN WEISS: ¿Cómo se sintió leyendo acerca de su muerte?

«PAUL BLEY: Los rumores sobre mi muerte son… [risas]. No había tenido ocasión de usar esa cita antes.

«[La cita original se atribuye a Mark Twain, quien al leer sobre su propio fallecimiento dijo ‹The rumors of my death have been greatly exaggerated›, ‹los rumores sobre mi muerte se han exagerado enormemente›].»

Algo de premonitorio tuvo el pasaje porque desde el sábado 2 de enero, un día antes de que ocurriera, ya corría el rumor de que el pianista había fallecido pero fue hasta el martes 5 cuando su hija Vanesa Bley, mediante una carta enviada al periódico Ottawa Citizen, confirmó el deceso.

Muchos son los adjetivos con los que se le ha calificado: genio, revolucionario, vanguardista, elegante, espiritual, poético y tantos más, todos justos. Coincido con Agustí Fernández cuando afirma: «Salvando las distancias, en esto se parece al compositor norteamericano John Cage cuando decía que él no era compositor sino ‹inventor› de música. Igualmente, Paul Bley no es un compositor/pianista de jazz al uso, sino un prolífico inventor de variantes alternativas» pero voy más lejos, Bley era un inventor de música porque era un tenaz reinventor de sí mismo, un trashumante de su propia biografía, un producto, felizmente, siempre inacabado. Ese espíritu se asoma en varios momentos de la entrevista que refiero:

«Solo estoy interesado en una cosa y es hacer algo para poder tocar esta noche mejor que ayer. Todas mis elecciones se han basado en eso. Si había algo que aprender, optaba por ese bolo (…) Nunca te faltará trabajo si has tocado con Miles, pero ese no es el motivo por el que uno toca. Tocas para mejorar porque si tocas mejor que lo que lo has hecho antes, tampoco te faltará trabajo. Al contrario, de esa manera además te lo habrás ganado (…) Hay demasiada entrada de música. El problema es que te estás contaminando con sonidos no intencionados que llegan a ti quieras o no. Así que, en todo caso, no es cuestión de hacer más música o absorber más música, sino de absorber menos música y purificarte para que aumente tu apetito. El apetito es la clave. Si haces el amor seis noches seguidas no te queda apetito. Si no has hecho el amor durante un mes tendrás apetito de verdad. Se trata de no escuchar música. No se trata de chafar tus propios planes, se trata de estar hambriento.

«NOBU STOWE: ¿Solo In Mondsee es totalmente improvisado o utilizó composiciones?

«PAUL BLEY: Esas preguntas son difíciles de responder porque las actuaciones nunca son iguales. La premisa de una actuación se basa en la idea del momento. Así que una vez se puede hacer sin ninguna impresión previamente adquirida, mientras que en otra puede haber restos de material de otra gente que dirijan. Yo no establezco esas reglas por adelantado. Me planto con la mente blanco y a ver cómo sale. Y me gusta la premisa de seguir cambiando. El objetivo es no tocar nada que hayas tocado antes, lo que no es fácil. Te apoyas en tu repertorio anterior y de algún modo, ese repertorio anterior va madurando con el tiempo.

(…)

«NOBU STOWE: ¿Así que la primera nota de Solo In Mondsee simplemente sucedió?

«PAUL BLEY: Comienza sin nada y a ver qué pasa. La primera nota era lo que se necesitaba en ese momento, una especie de anuncio. Borrar lo que había sucedido antes y comenzar de cero.»

Quizá esa última afirmación es la que mejor lo define, «borrar lo que había sucedido antes y comenzar de cero». Mientras pienso qué decir de Paul Bley que no haya sido dicho hasta el hartazgo, recuerdo el epílogo de uno de los libros de Borges, El hacedor: «Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara». Bley fue un hacedor que habitó en el interior de un laberinto y vivió recorriendo todas sus veredas sin intentar llegar al fin porque tenía la certeza de que encontrar la salida, en caso de que existiera, era traicionar la vocación de sus pasos.

Aunque generalmente se le identifica como músico de free jazz fue mucho más que eso, sus colaboraciones con Charlie Parker, Ornette Coleman y Sonny Rollins, su incursión en la música electrónica, sus tríos, sus duetos y, especialmente, sus encuentros a solas con el piano son las líneas con las que fue dibujando su autorretrato, ese paciente laberinto.

Hace ya algunos años, allá por el siglo IV antes de Cristo, el filósofo chino Chuang Tzu escribió una joya que sigue aleteando en el estómago de la humanidad: Un hombre soñó que era una mariposa y al despertar no podía saber si era el hombre que soñó ser mariposa, o era la mariposa que ahora soñaba ser el hombre. Yo creo que Paul Bley soñó que era mariposa y nunca despertó o, si lo hizo, no supo que no era esa mariposa que soñaba ser jazzista aunque quizá fuimos nosotros quienes ignoramos siempre que estábamos ante una mariposa que soñaba.

Ver también: Bye, bye Bley



https://www.youtube.com/watch?v=RwgQJxtiOwQ

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