Casi todos andábamos arribando a los dieciocho años y los años sesenta habían terminado sólo en el calendario, porque de a deveras terminaron ya bien entrados los setenta, década y tiempo veracruzano que nos abrigaban para que acometiéramos inauguralmente un sinfín de asuntos cotidianos: porque ser joven es hacer las “cosas” -y vaya aquí en prenda el reconocimiento a la palabra baúl por excelencia- por primera vez.

La mayoría vivíamos distribuidos entre el Boulevard Manuel Ávila Camacho, las avenidas Primero de Mayo y 16 de Septiembre y la calle Alacio Pérez, pero el eje de nuestro actuar cotidiano era la avenida Gómez Farías, en el tramo que va del citado Boulevard a Juan Enríquez. No sobra decir que iban y venían, arraigados por su frecuente visita al espacio enunciado, queridos amigos de variopintos rumbos.

Nos juntábamos por la tardes/noches guitarras en mano en la esquina de Juan Enríquez con Gómez Farías, donde se ubicaba “La Penicilina”, tienda de abarrotes que dio origen al nombre de nuestra “flota” -término generalizado que por entonces servía en El Puerto para referirse a los grupos oriundos de los diversos barrios, colonias o fraccionamientos porteños. Y algunas mañanas libres nos arracimábamos afuera de uno de los tres/cuatro supermercados que había en la ciudad“: el Súper Veracruz, sito en Altamirano con la tal Gómez Farías y que se incendió un 16 de septiembre de ¿1976?

Por lo menos tres de cada cuatro noches terminábamos con las guitarras, las cervezas y los frascos de licor sentados en la banca donde concluía Gómez Farías y que era un hueco y parte del muro que bordeaba las playas, mucho antes del proceso de “acapulqueñamiento” que llenó de palapas y basura el recorrido entre el antiguo Playón de Hornos y Villa del Mar, y que hoy impiden ver el mar desde la acera.

El último día de cada año al filo de las 10:00 horas nos dirigíamos a la playa, para echar la cascarita futbolera que iniciaba la fiesta y los brindis. Muchos sucumbían a los estragos del esfuerzo combinado, para luego de un sueño reparador volver a la guerra anocheciendo y recibir el nuevo año caminando las calles que nos dieron matria, acompañados de nuestro soundtrack vital: las rolas creadas por los héroes que nos dieron patria y nos educaron sentimentalmente.

A partir de las 00:00 horas del 1 de enero iban confluyendo en la casa de mis padres -viejos permisivos, tolerantes y, cierto, alcahuetes- los cuates -la llamada “Flota de La Penicilina”, pues- para cantar, bailar y beber hasta que amaneciendo el viejo apagaba el aparato de sonido y con un “Buenos dias, muchachos, vayan a descansar”, daba por terminado el año viejo ya bien avanzado en horas el año nuevo. Partíamos así en bola hacia la tienda de la esquina y ahí nos quedábamos hasta que el cuerpo y la garganta dieran de sí; o hasta que la policía llegaba y corríamos.

En 1972 a uno de nosotros se le ocurrió que en lugar de irnos hacia “La Penicilina” atravesáramos el Boulevard, para sentarnos en la entrañable banca que se llevó entre las patas alguna bestia -de cuyo nombre no debo acordarme- que ocupó hace ya varios años la alcaldía porteña, y ver el sol del nuevo día y del año entrante. Y lo repetimos en el 73 y el 74 y… ya en el arranque de los ochenta, algunos con hijos volvimos los 31 de diciembre para cumplir con el rito y el atavismo del barrio nos hizo esperar el nuevo sol que desvirgaba la madrugada y generaba el primer día de un nuevo año.

La vida nos desperdigó por la ciudad, el estado, el país, el mundo y yo me fui alejando de los cuates no por falta de querencia, sino por exceso de intereses ajenos a ellos, quienes sé continúan acudiendo cada diciembre por lo menos a la reunión de la tercera semana de ese mes que acordaron mantener viva en los ochenta. Muchos coinciden en casa de alguno de ellos pasadas las 24:00 horas, y parten hacia donde alguna vez estuvo la banca del muro en Gómez Farías para recibir el primer amanecer del año que se inaugura. Sólo que ahora lo hacen, dicen las notas de prensa, acompañados de miles de porteños y turistas que cumplen, agregan las mismas notas rayando el onanismo, “con una vieja y arraigada tradición”. Cada quien es libre de decir la tontería que quiera.

Stephen King, en The Body (1982), novela corta en que Rob Reiner basó su ya clásico Stand by Me (1986), puso los cimientos de lo que corroboré en el arranque de 1992, cuando leí Friend of MyYouth (1991), de Alice Munro: que las amistades más influyentes en la vida son las consolidadas en la infancia/adolescencia. Lo sé de cierto porque a pesar de las bibliografías, las imágenes y los sonidos integrados a mi ser, de cuando en cuando la saudade y el invierno porteño -que no es frío sino húmedo y con nortes- me conducen a sentarme en la banca de Gómez Farías esquina con el Boulevard Ávila Camacho acompañado de los hoy viejos guerreros de la vida diaria, no para ver el amanecer del nuevo año y sí para compartir la sapiencia de que aquellos pioneros somos, como dijo el clásico, mucho más jóvenes que entonces ahora.