Mis amigos solterones o abandonados suelen temer la llegada del domingo, les parece un día pesado, deprimente, insoportable. El tiempo, dicen, no transcurre; detestan las plazas comerciales, los cines, los parques y no encuentran ofertas en la televisión ni en internet que puedan ayudarlos a sobrevivir a tan difícil trance.

No es mi caso, mis días libres son los viernes y los sábados que son más amables, los domingos tengo que publicar la columna así que me la paso escribiendo, buscando imágenes y videos, y preparando las mil cosas pendientes que debo resolver en la semana, sin embargo, hace un mes convalecía de una operación quirúrgica, un domingo desperté, me preparé un café y me lo llevé a la cama para que me acompañara a terminar El jinete polaco, la novela de Muñoz Molina que me había mantenido absorto durante toda la semana. Hacia el mediodía leí las últimas palabras:

«Recuerdo lo que aún no he vivido, tengo miedo de ser plenamente quien soy, en el vestíbulo de la estación de Mágina un altavoz anuncia la llegada del autobús procedente de Madrid, abrevio el tiempo para estrechar ahora mismo tu cuerpo ávido y delgado, vienes hacia mí con una bolsa en el hombro y una maleta en la mano, apareces delante de la cama en la habitación del hotel con el pelo suelto sobre los hombros desnudos, no me acuerdo de nada, no me he dado cuenta de que empezaba a anochecer, no sé si estoy contigo en Mágina, en Nueva York o en Madrid, dice Nadia, pero me da lo mismo, no sienten más que gratitud y deseo»

Siempre que termino una novela, especialmente si es larga, me viene una sensación de vacío como esa que nos produce la partida de un amigo entrañable o de la mujer que ocupó durante tantas noches el lado izquierdo de la cama. No puedo iniciar una nueva lectura porque la recién concluida queda flotando en mi cabeza durante muchas horas.

Después de comer, la tarde se puso densa y le sobrevino una grisura que se embarraba en las paredes y en el piso. A lo lejos, algún tedioso sacristán tañía las campanas de una iglesia y un grupo de palomas aleteaba, esas sonoridades remotas daban testimonio de que el mundo seguía vivo en algún lugar que me resultaba inalcanzable porque yo vivía bajo arresto domiciliario aunque, de haber podido, tampoco habría tenido ánimos de salir en busca de quién sabe qué, a quién sabe dónde, sepa Dios con qué objetivo.

Me sentía atrapado en el interior de un sórdido laberinto, nadie me hacía un guiño, ni la energía de Keith Jarrett, ni las notas desnudas de Miles Davis, ni la tersura de Bill Evans. Me resistía a encender la computadora pero terminé haciéndolo en busca de una tabla de salvación que nunca apareció.

En un intento desesperado de gastar el tiempo, de manera mecánica fui poniendo unas letras que, casi sin darme cuenta, tomaron forma de soneto.

Las campanas divulgan el horario,
las palomas esparcen el hastío,
la tarde me conduce al desvarío
y me hace parte de su anecdotario.

El tiempo ha construido su sudario
en este ciclo sórdido y umbrío
en el que voy sin rumbo, a su albedrío,
en un viaje sin fin ni itinerario.

El día es un reptil tedioso y largo
que a todos nos conduce, sin distingo,
al interior del laberinto amargo

¿qué podrá provocar algún respingo
que saque a la clepsidra del letargo
y abdique del conjuro del domingo?

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