Esto del arpa ya lo traía la Negra Graciana de nacimiento, cuando le preguntaban quién le había enseñado a tocarla respondía:
«Yo no voy a ser hipócrita ni voy a andar hablando tonteras que no debo de hablar pero a mí nadie me enseñó, mi papá buscó a don Rodrigo, que fue el cieguito que les platico de Rancho del Padre, fue a buscarlo para mi hermano Pino pero para mí, no».
Ella veía las lecciones que recibía su hermano y después, furtivamente, tomaba el arpa y las repetía. Cuando el maestro la escuchó dijo que la que iba a aprender era «la chiquilla, el niño no»
Lo de la cantada también lo traía en el alma pero su padre le dio el empujoncito:
«Comencé a cantar desde que comencé a tocar el primer son del arpa porque mi papá me dijo que cantara yo porque una persona que no canta y nada más toca no se oye bien porque es una persona muda, no se le entiende nada, así que hay que cantar, y él me enseñó los versos».

Monumento a la Negra Graciana (Foto tomada de Versiones)
Monumento a la Negra Graciana (Foto tomada de Versiones)

A los 12 años aprendió sus primeros sones y, de manera autodidacta, fue formándose en las únicas aulas donde se imparten clases de esta música, los fandangos:
«No comencé cuando de veras ya la sabía yo bien sino que ahí me fui, fijándome en los amigos que tocaban arpa en otro lado que íbamos, por ejemplo, a Boca del río una vez que fuimos un sábado de gloria y ahí llegaron músicos de otros lados y (…) vi que las cosas eran diferentes y afinaban diferente y todo diferente (…) y ahí le aprendía yo algo a la persona aquella, íbamos a otro lado y le aprendía yo, otra vez, a otra persona y así me fui hasta que por fin me declaré con el arpa yo solita».
Y así, solita, llegó a los portales de Veracruz y fue obteniendo reconocimiento en un ambiente que le había sido otorgado, en exclusividad, a los hombres:
«Fuera yo hombre o fuera yo mujer, a mí no me interesó eso, yo lo que quería era aprender, saber y esa cosa y punto (…), y sí, es muy dificultoso porque (…) estaban diciendo hace poquito ahí en la televisión que la mujer que toca el arpa es una gloria porque cómo ella, siendo una mujer, se dedicó a tocar ese instrumento que (…) solamente lo tocan los hombres, pues fíjese que ahí se equivocaron porque yo, siendo mujer, la aprendí bien bonito, el arpa, y le toco yo a los hombres y a las mujeres, a todos».
Nació en una cuna extremadamente pobre pero con una vocación y un tesón que la llevaron a recorrer varias ciudades europeas, estadounidenses y latinoamericanas de donde siempre volvió a sus amados portales con la misma sencillez, con la prestancia que da la fidelidad al oficio y a las raíces.
Cuando tenía 69 años le dijo a Cristina Pacheco que le pedía a Dios que le permitiera llegar a los 70 años y Dios le permitió cuatro más, murió hace dos años, el 29 de julio de 2013, a la edad de 74 años.
Su música y su esencia nunca se han ido del centro histórico del Puerto de Veracruz pero ahora ha vuelto su silueta, el Festival Afrocaribeño recién pasado fue dedicado a ella y fue develada una escultura hecha por Luis Rea, escultor egresado de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana. El monumento une en una misma silueta dos formas formas inseparables, el perfil de la Negra Graciana y el de su arpa.

Quienes ofician el arte
nunca abandonan la tierra
porque su esencia se encierra
en alguna ignota parte
y desde ahí se reparte
y, compartiéndose, hermana.

En el arpa, en la jarana,
en el verso, en la canción,
en la tarima, en el son
vive la Negra Graciana.



 

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