En un lugar de la danza de cuyo nombre no puedo olvidarme, así podría haber comenzado su relato de vida el memorioso Alejandro Schwartz, bailarín, coréografo, docente y muchas cosas más pero principalmente esas tres, a cambio, como buen hombre de escena, extendió los brazos e hizo una ligera caravana con una expresión corporal y una calidad de movimiento que solo se logran con miles de estancias en el escenario, y dijo:

Obertura: Con la luna de plata…

Alejandro Schwartz Hernández, nací en el Puerto de Veracruz el 29 febrero 1949, tengo 66 años y me da orgullo decir que tengo esa edad, he vivido, he corrido, he caminado, he bailado.
Yo fui un niño muy sobreprotegido por mi madre, dos hermanos anteriores murieron entonces a mí me súper cuidaban y fui muy encerrado, yo no me andaba trepando a los árboles, no aprendí a jugar al trompo, ni siquiera sé andar en bicicleta entonces siento que mi corporaleidad, que ahí debe haber estado siempre, estaba como contenida, como reprimida de modo que en la adolescencia, con la jiribilla propia de la edad, comencé a buscar esas cosas.

Veracruz, años 50
Veracruz, años 50

Desde chiquito dibujaba mucho pero, curiosamente, lo primero que se me ocurrió fue meterme a estudiar música en a la ENBA [Escuela Nacional de Bellas Artes], que en ese entonces funcionaba de prestado en una escuela por las tardes, todavía me tocó tomar alguna clase con el maestro Daniel Ayala, con él tomábamos conjuntos corales, eso me gustaba pero el solfeo no me gustó entonces duré poco y me salí.
Luego fui a la Escuela de Artes Plásticas porque en el colegio Cristóbal Colón había tenido relación con el maestro Rogelio Armendáriz que era el director. Ahí me daban clases Milburgo Treviño, el maestro Aréchiga, el maestro Rogelio (que eran los fundadores) pero, aunque me gustaba dibujar, a la larga me aburrí y me metí a una escuela de teatro, eso de escuela muy entrecomillado, era un cuate que había abierto una escuela que manejaba como de la ANDA bajo el nombre de Andrés Soler pero era verdaderamente muy caótico, casi nunca había ensayo, a la menor provocación salía una botella, cosa que no era nada despreciable pero yo hubiera preferido que tuviéramos primero la clase y después la botella (risas), pero no solía ser así entonces me salí.
Por un breve período estuvimos en la iglesia de los masones, mi hermano era medio jerarca y se le ocurrió hacer un evento a nivel estatal y quería montar un numerito bailado; a un hermano que era rotulista le encargó hacer un telón, al que dirigía el coro le encargó los cantantes y necesitaba bailarines porque quería una cosa de gitanos que había visto en la portada de un disco, preguntó quién era el mejor maestro de baile de la ciudad y le dijeron que el maestro don Pedro de la Sota. Fue a verlo y lo contrató para que montara la coreografía, como siempre, había un montón de mujeres pero no había hombres, solamente había logrado pepenar por ahí algún incauto y le faltaba, por lo menos, otro y me dijo:
-Oye, pues tú
-Pues, órale
Y así fue como llegué al Estudio de Ballet del maestro don Pedro de la Sota y llegando ahí me gustó, obvio, allí había muchas muchachas (risas) y, segundo, yo veía que los escasos hombres que había ahí estaban muy fuertes, yo ya andaba haciendo lagartijas y no sé qué porque, como te digo, ya tenía la corporalidad fluyendo por ahí.

El misterio por develar

El escenario es hermoso:
allí, se percibe cómo el espacio existe.
El escenario es un infinito placer y
un misterio para develar.
Y sin misterio no somos nada.
Mata Hari

Al terminar el montaje el maestro me dijo que él observaba que yo tenía posibilidades y que si quería seguir, él me becaba, y le dije que sí.
No solamente no me cobró las clases sino que me compró mis zapatillas y mis mallas. Me agarré de un palo que había en la pared para hacer unas sentadillas raras que ellos hacían y, poco a poco, fui entrando en eso.
Unos ocho meses después, o algo así, debuté en el entonces Teatro Felipe Carrillo Puerto, bailando en el ballet Los patinadores, eso fue el 14 diciembre del 63. Fue la primera vez que bailé en un teatro y, como decía mi amigo César Pérez Soto, el teatro, cuando levanta el telón, es un monstruo que abre sus fauces y te devora y así fue, me absorbió la emoción del teatro y fue algo que comenzó a crecer y crecer y crecer.
Teatro ClavijeroYo estaba en el colegio Cristóbal Colón que en ese entonces estaba militarizado entonces, al principio, lo hice medio a escondidas pero poco a poco se fueron dando cuenta mis compañeros y finalmente lo aceptaron, a lo mejor, como cierta extravagancia. Lo mismo pasó con mi familia, decían bueno, pues si tiene ese hobby que vaya pero al paso del tiempo comenzaron a torcer un poco la boca cuando dije que quería dedicarme a eso.
En la escuela yo siempre era un niño aplicado, de puros dieces y, por lo mismo, siempre era jefe del grupo, los maestros me querían, hace poco, platicando con uno de esos compañeros me comentó que un maestro siempre decía:
-Alejandro puede hacer lo que él quiera, nada más falta que se decida y, lo que decida, lo va a hacer bien
Pero no decidí por ninguna de las carreras tradicionales, todos mis compañeros entraron a medicina, ingeniería, administración de empresas, qué sé yo, solamente algunos locos por ahí escapamos. Yo inventé estudiar filosofía, por supuesto que me interesaba filosofía pero el principal atractivo era que estaba en Xalapa y yo sabía que aquí estaba la Compañía de Danza de la Universidad y que tenían una escuela con el maestro Tulio de la Rosa a quien yo había visto en la televisión con su compañía Ballet de Cámara, cuando bailaban en un programa que se llamaba TV Musical Osart.

Y echóse a andar…

Tulio de la Rosa
Tulio de la Rosa

Convencí a mi familia y me vine para acá. El maestro don Pedro de la Sota fue el pionero de la enseñanza de ballet en el Puerto de Veracruz, no digo que era un maestrito, fue un personaje muy importante pero yo logré darme cuenta que técnicamente no era muy bueno pero sí le agradezco muchísimo que me aventó al escenario y al hacerlo me inoculó un virus progresivo y mortal (risas) Cuando llegué acá entré como becario a la Compañía y comencé una formación mucho más en orden con Tulio [de la Rosa].

Al principio del año 68 nos presentamos a trabajar el 2 o 3 enero y nos encontramos con que el maestro tenía un oficio fechado el 1 enero donde nos comunicaban que se cortaba el presupuesto de la Compañía Titular de Danza de la Universidad Veracruzana, de la escuela y de todo y nada más mantenían (nunca entendí por qué) el salario del director. Lo mismo pasó con la Compañía de Teatro, solamente mantenían el salario de [Manuel] Montoro y, en los dos casos, todo lo que había de sueldos, becas y demás lo eliminaron.
Tulio yo nos dijo no sé qué voy a hacer si no tengo bailarines y habló a México, a la Compañía del INBA :
-Tengo dos muchachos acá
-Sí, cómo no, que vengan a audicionar

…a bailarle al patrón / que me mandó a llamar…

Y así fue como emprendí el camino a la hermosa capital con mi compañero, amigo, compadre, hermano del alma (como decía Agustín Lara), Ricardo Riebeling, él ya estaba aquí, en la Compañía, cuando yo llegué y nos hicimos muy cercanos.
Cuando llegué a Xalapa acababa de salir de la Compañía el famoso Rogelio Alejandre, él y Edith Vázquez habían ganado los premios de mejor bailarín y mejor bailarina en el Primer Encuentro Nacional de Danza que organizó el INBA en el 64, por ahí así. Lo menciono porque creo que es un personaje muy importante, un hombre que luego se tuvo que retirar por presiones familiares y se dedicó a hacer lápidas y monumentos mortuorios y luego murió en un accidente, su hija es la actual directora de la Galería de Arte Contemporáneo, Silvia Alejandre.

 Auditorio Nacional, años 60  (Foto: Auditorio Nacional)
Auditorio Nacional, años 60 (Foto: Auditorio Nacional)

Todos estos hombres allá eran medio cuates, habían estado en un equipo de fútbol y se habían ido juntando, esto fue interesante porque logré tener alguna compañía masculina, cosa que era totalmente inusual en la época.
A Ricardo ya lo conocían en la Compañía del INBA o sea que ya iba con el pase directo, cuando hicimos la audición inmediatamente lo contrataron y ni siquiera como cuerpo de baile sino que entró al siguiente nivel, como corifeo. A mí me rechazaron, por supuesto, pero pedí que me dieran chance de tomar las clases, yo creo que les caí en gracia y me dijeron que sí.
Me inscribí en la Academia de Danza Mexicana e iba en las tardes, ahí me tocaba entrar a clases con 20 o 25 varones lo cual es muy estimulante porque, incluso, la manera de enseñar es otra que cuando estás con mujeres. Ahí estaba yo con mis pares pero en las mañanas estaba tomando clases con las primeras figuras de la danza mexicana, claro, yo estaba hasta ya atrás pero esas cosas entran también por el ojo, se da un cierto fenómeno como de impronta entonces eso me hizo avanzar muy rápido y como un mes o mes y medio después me mandaron a decir que subiera a la dirección, yo pensé que ya me iban a correr de las clases y no, la señora Clementina Otero de Barrios, directora de teatro que en ese entonces era la directora de la Compañía me dijo:
-Alejandro, creo que siempre sí te vas a quedar con nosotros
Me dieron una beca y acceso a los famosos habituarios del Auditorio Nacional que eran dos pisos con 40 cuartos cada uno donde vivían (abajo las mujeres y arriba los hombres) los becarios del INBA, o sea, de la Academia de la Danza, de La Esmeralda, del Conservatorio y de la Escuela de Teatro.
Ahí conocí una gran cantidad de gente, todos éramos una bola de chamacos bastante crápulas, por supuesto (risas), pero era un ambiente muy sabroso. Ahí estaba Salvador Sánchez y muchos otros que luego fueron directores de teatro.
Ahí comenzó toda la aventura del DF, en la Compañía y en esta especie de interdisciplina habitacional (risas) que teníamos ahí.

Mal gardée

Me aceptaron en la Compañía pero, por alguna razón, nadie le comunicó a la gente que yo ya estaba formalmente dentro y un día la maestra Chepina Lavalle, que estaba montando una obra que se llamaba Danza para cinco palabras, el hombre contra el hombre, preguntó:
-Oigan, ¿y Alejandro qué?
-Pues Alejandro ya está en la Compañía
-¿Cómo?
Volteó a verme y dijo:
-A ver, Alejandro, venga

Alejandro Schwartz
Alejandro Schwartz

Y me incluyó en ese montaje en donde, de alguna manera, influía cierta capacidad expresiva que yo tenía por mis antecedentes en el teatro.
Luego se montó La fille mal gardée (La hija mal cuidada o malcriada), un ballet antiquísimo de repertorio que tiene varios papeles de carácter. Cuando estaban repartiendo los papeles dijeron:
-¿Quienes quieren hacer los notarios?
Ninguno de los muchachos quería ir, yo decía ¿por qué hacen esas caras? Resulta que es un papelito muy cortito; al final, cuando quieren casar a la muchacha con el hijo rico bobo, aparecen dos notarios a levantar el acta de casamiento, entran con unas pelucas enharinadas, unos sombrerotes y unos librotes.
Yo me maquillé, me puse la nariz roja, moví la peluca y me la puse chueca, el sombrero chueco, entre las hojas del libro metí talco, me desabotoné un poco la camisa y le dije al que iba conmigo:
-Agárrame la mano y jálame
-¿Qué?
-Tú jálame
Entonces entré a escena como un borrachín, empecé hacer cosas, cuando abrí el libro le soplé y salió el polvo, la gente se moría de la risa, entonces dijeron:
-Ah, Alejandro puede actuar
Me pasaron al siguiente nivel que era el papá rico y terminé haciendo el papel casi protagónico que es el de la Mamá Simone, es un papel que desde que se estrenó la obra en mil setecientos y pico siempre lo hace un hombre.
Ese fue mi primer papel importante en la Compañía Nacional de Danza que en ese entonces se llamaba Ballet Clásico de México, curiosamente, 40 años después Margarita Vargas la montó aquí y me hizo volver a hacer ese papel; les mostré a mis hijos las fotos del montaje original y las del que acababa de hacer y les dije:
-Miren, para que vean a su padre de travesti (risas)

¿Qué clase de bailarín eres tú que no sabes actuar?

Farnesio Bernal
Farnesio Bernal

Otra anécdota interesante es que se anunció que Farnesio Bernal iba a montar Pedro y el lobo en una versión muy particular que hizo en la que el abuelo era, a la vez, el narrador que llevaba toda la acción. Para ese papel Farnesio había pensado (de hecho hasta aparecía en los programas de mano) en Juan Felipe Preciado que en ese momento era un actor muy solicitado, no pudo y alguien le dijo:
-Oye, Alejandro puede actuar
Farnesio, coreógrafo y bailarín, para ese entonces ya era legendario, había ganado el Premio Nacional como actor por Enrique VIII o algo así. Ahí entablé contacto con él y me dio el papel del abuelo.
Mencionó todo esto porque eso me permitió avanzar mucho más porque significaba más presentaciones y me daba más seguridad; la parte técnica también se me facilitaba pero fue precisamente gracias a esa experiencia con el teatro que me ayudó mucho.

CONTINÚA:

SEGUNDA PARTE: Ya no hay locos…               TERCERA PARTE: El hombre de la danza


 

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