Hoja de Ruta

Por Pedro Manterola

Un tiempo hubo en el que el político era al mismo tiempo corrupto y eficaz. Marcelino es un amigo trabajador de la construcción hábil y cumplidor que trabajó hace muchos años en la vivienda de mi niñez, cuando todavía era la casa paterna. Mi constante merodeo por ladrillos, paredes, “colados”, herramientas y utensilios propios de la albañilería, lograron que el hosco trabajador se convirtiera en un risueño y paciente maestro de obras de este torpe aprendiz. “Meño”, así le decían sus compañeros, era un tipo alto, moreno, de cara larga que de entrada parecía reflejar mal genio. Pero no. Un día, al terminar sus labores, pidió en la cocina un vaso de agua, se lo dieron, le ofrecieron también “un taco”, y él se puso a platicar. Recargado en la ventana, yo escuchaba la charla entre Meño y su anfitriona, una mujer entonces joven que trabajaba ayudando a la señora en los quehaceres de la casa. Entre otras cosas, Meño platicaba que el líder de su gremio había sido su compañero de trabajo, y que vivía como todos ellos, con los mismos apuros y penurias. Pero de un tiempo a la fecha se había hecho de casa propia, un carro nuevo y tenía a sus hijos en una escuela particular. Quise saber, siempre ingenuo, si cobraba más por ser dirigente además de albañil. Me respondió que ya no trabajaba con pala, plomada y “cuchara”, que ahora cobraba las cuotas sindicales, y que de eso nadie sabía bien a bien de a cómo, cuánto y cuándo, pero todos los agremiados veían descontado su salario para la manutención del sindicato. Volví a interrogarlo, ahora acerca del uso de ese dinero. “Algunos gastos de la oficina, sus viáticos… y para la casa, el carro y la escuela”, dijo, y se empezó a reír. Contó que las únicas dos veces que había acudido a su antiguo compañero en busca de apoyo, siempre por asuntos de salud, en ambos casos lo encontró y obtuvo de él respuesta favorable, incluida una visita al hospital para agilizar la atención médica. “Igual y roba, pero nos tiene contentos”, lo escuché decir, y ahí registré por primera vez el “ábrete sésamo” de la ética de la corrupción que rige a cabecillas pícaros y agremiados conformistas. Es un asunto neuronal, moral, individual y colectivo.

De ahí hasta dónde tope y desde siempre, se distinguen y descubren casos similares, de toda índole y calibre, en sindicatos, municipios, estados, dependencias, secretarías, partidos, empresas y gobiernos, con las raras excepciones que ilustran la regla. Han sido especímenes en creciente extinción, los personajes públicos y privados que no hacen de la mentira y el despojo un mecanismo para trepar en la escala política y social. La corrupción como origen y creación universal.

Mientras el desarrollo permitía atender necesidades familiares y personales elementales, educación, vivienda, salud, alimentación, las voces que señalaban las rapacerías de un sistema político construido alrededor de leyes de ficción e impunidades manifiestas eran tomadas por ingenuas e impulsivas, hijas de la traición y la intransigencia, condenadas al aislamiento político y social. Ahora resulta que son mayoría.

Legó la indignación, y nos alevantó. Indignación surgida de tantos episodios, tantos años, tantas veces, fruto de la confianza traicionada por gobiernos panistas, perredistas y de toda la mal llamada oposición, incluido un priismo que derrotado demostró ser falsamente solidario. Todos son corresponsables de los abusos incansables de una casta divina que se perdona sus pecados con candidaturas, secretarías, casas, obras y autos de precios irracionalmente insultantes.

Hay indignación, pero no tiene rumbo. Hay más rabia que ideas, más gritos que propuestas. Iguala, la absolución de Raúl Salinas, la Casa Blanca, la residencia de Videgaray en Malinalco, Veracruz, su impunidad, su ineficacia, Sonora, las presas robadas y los ríos arruinados, secuestros, asaltos, asesinatos, nos convierten en una sociedad mutilada que escucha de sus gobernantes torpes balbuceos que intentan ser arengas.

Al lado de la indignación camina el oportunismo que ansía ser vocero, el delincuente que se disfraza de maestro, el vándalo que exige justicia mientras despedaza la Constitución. Tan autoritarios como el régimen que sembró las semillas de la complicidad, la simulación, la cooptación, el reparto de privilegios y utilidades mal habidas. Así como hay maestros del lucro y la lisonja, sus alumnos aplican el principio del botín y la protesta.

Hace falta cumplir la ley. Contratos otorgados por la capacidad de producir, no por la especialidad de corromper. Castigar el delito de todos los tamaños, y a todos los culpables. Disponer límites y transparencia al poderoso. Premiar al mejor, castigar al transgresor, independizar al investigador. No exigir justicia, darla y recibirla. Justicia penal, justicia fiscal, justicia urbana, laboral, comercial, empresarial. Justicia social.

Que todo funcionario, edil, legislador, gobernante y candidato haga suya la propuesta de Transparencia Mexicana, y presenten declaración de impuestos, patrimonial y de intereses. Que los gobernadores dejen de ser delfines arbitrarios, volubles, ocurrentes. Que las respuestas del gobierno sean serias, puntuales, profundas. Que la fantasmagórica Secretaría de la Función Pública de paso a un Fiscal Anticorrupción aprobado por el Congreso de la Unión. Que la corrupción deje de ser pendón electoral. Fiscalizar el “coyotaje” de obras y recursos. Licitaciones vigiladas por una auditoría independiente. Convenios públicos y verificados de medios y gobiernos. Que la indignación tenga rumbo, que la insuficiencia política se alivie con instituciones sólidas, que la estridencia sea ignorada, que la hipocresía sea señalada, que el fanatismo sea repudiado, que la radicalización sea superada. Que ética, política, empresa y ley vayan de la mano.

Nuestro país merece mucho más de los que pretenden gobernarlo y de los que se niegan a ser gobernados de forma tan agraviante. Que el país sea otro. El país no son sólo sus gobernantes, diputados, candidatos, presidentes, sicarios, secuestradores, jueces, policías, patrones, delincuentes. El país es lo que son sus ciudadanos. Gritones, pero propositivos. Encabronados, no iracundos. Inconformes, pero informados, indignados, no incoherentes. En el espejo, veamos de qué lado está cada uno de nosotros.

 

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