Entre 2012/2013 Petros Márkaris, creador de la saga del heterodoxo comisario griego Costas Jaritos cuya vida literaria se inició en el año 2000 con Noticias de la noche (Ediciones B) y ha continuado hasta el presente transitando invicto por siete novelas -todas ellas editadas ya en español por Tusquets-, escribió Pan, educación, libertad (2014), narración de política ficción que inicia en la última noche del 2013 y continúa a lo largo de los días iniciales del 2014 en una Grecia bastante jodida, que vuelve al uso del dracma como moneda oficial, que se encuentra hundida en una crisis económica plagada de corrupción político empresarial y donde los otrora héroes de la lucha en contra de <la dictadura de los Coroneles> demuestran lamentablemente con su posterior actuar que la frase “el poder corrompe” devino triste aforismo y, sobre todo, sino fatal de múltiples luchadores sociales que terminaron siendo, Pacheco dixit, eso que no querían ser a los veinte años.

El título de la obra es el lema enarbolado como guía y elemento vertebrador en noviembre de 1973 por los estudiantes griegos de la Facultad Politécnica de Atenas durante la huelga en contra de la dictadura y que se convertiría, luego de haber sido reprimida con saldo de 250 muertos y miles de heridos, en el inicio de la que dimos en llamar <revolución de los claveles>, que echaría a los Coroneles del poder en junio de 1974 y abriría un largo periodo de juego político democrático donde las fuerzas políticas mejor pertrechadas por su larga lucha, las izquierdas, arribarían al poder y terminarían si no reprimiendo a la ciudadanía como la ultraderecha lo hacía cotidianamente, sí llevando a efecto actos de corrupción del mismo tamaño que sus antiguos contrincantes hoy vueltos sus iguales. Así, esa fuerza ideológica y política que en palabras de Palmiro Togliatti “venía de lejos y hacía tiempo”, terminó haciendo aquello contra lo que había luchado antaño -¡y vaya la repelente realidad¡: el fundador del PCI terminaría siendo acusado de derechista en 1944 luego de purgar de revolucionarios al gobierno republicano español en 1937.

Más acá en el espacio y en el tiempo, y de a deveras, el 2015 inicia para los mexicanos con peores augurios que el ya ido 2014 para Grecia en la novela de Márkaris: el costo del barril de petróleo a menos de la mitad de lo estimado; un dólar metido en ascendente espiral que repunta frente al euro y se lleva entre las patas al peso; movilizaciones legítimas por los asesinatos de los normalistas de Ayotzinapa y la utilización de éstos para los pervertidos fines del magisterio representados por la corrupción del SNTE y la violencia de la CNTE, la CETEG     -¿no tiene la culpa el vándalo sino el que lo hace profesor?- y sus similares protofascistas camuflados de anarquistas; un gobierno federal incapaz de poner orden donde debe ponerlo y discrecionalmente alcahuete con el libre tránsito de civiles armados en Michoacán, estado en el cual las recientes matazones demuestran el fracaso de la política de seguridad; la imagen de corrupto que la mayoría de la población tiene de Enrique Peña y su gobierno a causa de “la casa blanca”, el tren México-Querétaro, la casa de Videgaray…

En tal escenario, plagado de rencores y enconos acumulados, de polarizaciones entre la élite política y la ciudadanía, de ínfima credibilidad en los políticos y en la política de parte de muchos de los comunes como este perpetrador de inquisiciones, ¿habrá afluencia a las urnas este año? ¿Por quién votar si en las sabidas derechas y en las presuntas izquierdas vemos rostros iguales llenos de cinismo y leemos biografías para engrosar una historia universal de la infamia? Supimos de siempre que los priistas eran y son corruptos, y supimos luego, con la alternancia, que panistas y perredistas -presuntos izquierdistas- también lo son; de los demás baste decir que son astillas del mismo palo: originalmente priistas y hoy transmutados en morenistas, en compinches que los acompañan, en dizque ecologistas y en una variopinta nomenclatura de partidos que aglutinan a seres iguales entre sí: a políticos -y a políticas, no vaya usted a creer que…- que a este ya maduro perpetrador de votos nulos le cimentan en su postura de seguir haciendo lo mismo cada vez que acude a las urnas, al lado de miles que eligen como representantes y gobernantes a quienes pocos meses más tarde enviarán a donde las respectivas autoras de sus días para que estando ya ahí las posean; y volverán a lo mismo en el eterno retorno.

En la Grecia donde actúa Costas Jaritos la impronta de la corrupción define y sintetiza las relaciones político empresariales: “Ningún empresario triunfa en el mundo de los negocios yendo con una flor en la mano [le dice un protagonista a Jaritos]. Se aprovechan de sus contactos, sellan alianzas secretas, pagan sobornos, financian ilegalmente a partidos y a personalidades políticas. Eso es lo que les abre el camino” (p. 91) allá; y acá también, pues, nomás voltee usted y verá que sí y no sólo en los negocios, sino en la política, actividad vuelta catapulta para hacer gananciosos negocios y corroborar el apotegma de ese prócer emblemático, originariamente priista y hoy encarnado en todos los políticos -y en las políticas, no vaya usted a creer que…-, en ese monumento al cinismo que espetó el sabio apotegma aquel de que un político pobre es un pobre político; y más pobre será, dice el clásico cuenqueño que agregó <el profe Hank> off the record, si de origen era pobre y continuó siéndolo después de ser político -como el viejo Mujica, vamos, el uruguayo ése que llegó a la presidencia de su país y entró como salió-. ¿Qué no está usted de acuerdo con esto? ¿En serio? Pues que raro es usted, oiga; seguro no es usted político y es un pobrísimo pobre por su terquedad y cerrazón.