Para Esther Hernández Palacios y para Javier

                                                                  Sicilia; con lo de siempre más lo de hoy.

                                                                                   ¿Adónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que lo trae el pensamiento.

                                                                                                                   Rubén Blades

“El padre estaba conmocionado. La adrenalina le corría por las venas y el corazón le latía con una velocidad inusitada. A sí mismo se decía: Esto es la emoción de la búsqueda. Saber que… está cerca. Lo sentía; sentía la proximidad… Aquel hombre que nunca veía con buenos ojos que se hablara de «estupideces místicas» como la percepción extrasensorial estaba convencido ahora, mientras recorría la reserva forestal, de que sentía cerca la presencia de su hija. Sentía que… pensaba en él”, narra Carol Joyce Oates entre las páginas 21-22 de su más reciente y portentosa novela: Carthage (2014); y ese <él> a quien se refiere la escritora es Zeno Mayfield, padre que busca a Cressida, su hija desaparecida a los diecinueve años y ambos personajes de ficción. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, gritan los padres de los 43 jóvenes desaparecidos en Iguala que sumados a los más de nueve mil seiscientos que hasta hoy han desparecido desde que inició el sexenio de Enrique Peña y a los acumulados en el sexenio de Felipe Calderón suman ya más de veintidós mil seiscientos (ver nota y gráficas elaboradas por Harriet Alexander, Sam Dodge y Andrew Marszal para The Telegraph del 5 de diciembre inmediato pasado) ; esos ellos y ellas a los que se refiere la nota periodística son, desgraciadamente, personas reales buscadas aún por gente que bien puede no creer en, como dice Zeno Mauyfield, estupideces místicas, lo que no obsta para ejercer su derecho a, Ernst Bloch dixit, <el principio esperanza>.

Cuenta tautológicamente Roberto Saviano en Cerocerocero (2014) que “con el dinero de la cocaína primero se compran políticos y funcionarios. Luego, a través de éstos, el amparo de los bancos” (p. 332), proceso que en nuestro país ha sido una práctica político empresarial desde los años veinte del siglo pasado que llegó <hasta arriba> de la pirámide durante el sexenio de Miguel Alemán Valdés, para no irse más y penetrar a una sociedad nacional que de cuando en cuando abre los ojos para darse cuenta de los hechos, sorprenderse, indignarse y… seguir adelante hasta que… una nueva atrocidad producto del poder que engrana al crimen organizado con las élites políticas y empresariales vuelve a sorprenderla; y el último eslabón de esa larga fila de cruces y fotografías de los ausentes es el caso de los asesinados y desparecidos en Iguala vueltos némesis de un proyecto de nación que no tiene empacho en afirmar cínicamente, al través del jefe de gabinete de Enrique Peña entrevistado por Luis Prados y Jan Martínez Ahrens para El País del 7 de diciembre del año en curso: “Nos faltó una agenda más contundente en materia de seguridad y de Estado de Derecho. Nos quedamos cortos. No vimos la dimensión del problema y la prioridad que debería haber tenido (…) No vamos a ceder aunque la plaza pública pida sangre y espectáculo ni a saciar el gusto de los articulistas. Serán las instituciones las que nos saquen de la crisis, no las bravuconadas.”¿Cuáles instituciones? ¿Las que su jefe dijo que están debilitadas y mimetizadas con el crimen organizado?

 Venga el mismo Saviano de líneas atrás aunque ahora en Gomorra (2007): “Tres mil seiscientos muertos desde que nací [en 1979]. La Camorra ha matado más que la mafia siciliana, más que la ‘Ndrangheta, más que la mafia rusa, más que las familias albanesas, más que el total de los muertos causados por ETA en España y por el IRA en Irlanda, más que las Brigadas Rojas, más que los NAR8 y más que todos los crímenes de Estado cometidos en Italia. La Camorra ha matado más que nadie. (p. 117)” Y en México, datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública -SNSP- indican que del 1 de diciembre de 2012 al 31 de julio de 2014 se abrieron 57 mil 899 averiguaciones previas por homicidios doloso y culposo, casi quince mil más que los 43 mil 694 reportados en el sexenio de Calderón entre el 1 de diciembre de 2006 y el 31 de julio de 2008; asimismo, Enrique Mendoza Hernández dio a conocer el 8 de diciembre de este año, en el semanario ZETA de Tijuana, que del 1 de diciembre de 2012 al 31 de octubre de 2014 hubo en el país 41 mil 015 homicidios dolosos y que en los más recientes ocho años la cifra asciende a 125 mil 979 ejecuciones. Casi todos, a fin de cuentas y si no cambia el estado de cosas que tiempo ha destruyó al Estado de derecho, somos hoy víctimas propiciatorias en esta nuestra repelente realidad, donde los diputados y senadores se irán de vacaciones del 11 de diciembre de 2014 al 1 de enero de 2015, luego de recibir los los primeros más de 280 mil pesos, los segundos más de 400 mil y… preparar nuevas campañas para que mediando el año que entra los ciudadanos volvamos a las urnas.