Una mujer que canta y baila durante el embarazo, ¿supone que está gestando un músico? Un hombre que pone a su hijo a trabajar en una imprenta, ¿imagina que está alimentando la vocación de un percusionista? Un niño que trabaja y disfruta de los sonidos de la Prensa Chandler, ¿sospecha que alguna vez tocará la Sinfonía de las Máquinas, de Aleksandr Mosólov, en una orquesta sinfónica?
Esta es la historia de Jesús, “Chucho”, Reyes, percusionista de la Orquesta Sinfónica de Xalapa, que ha participado en varios grupos de jazz y de percusiones africanas y afrocaribeñas.

Menos tu vientre, todo es confuso…

Yo me llamo Jesús Reyes López y nací en la ciudad de México el 26 de marzo de 1959, fui el primer varón de una familia de ocho hijos. Mi mamá era ama de casa, con estudios de secundaria, y mi papá era impresor, con sexto año de primaria.Consola
Mis antecedentes musicales están en el vientre de mi madre; claro, de eso me enteré mucho más tarde, cuando ella me platicó que le gustaba hacer las labores de la casa -barrer, trapear, cocinar-, escuchando música y bailando. Yo creo que mi mamá no era consciente de los efectos que eso estuvo generando durante la gestación, es decir, yo crecí en su vientre con el ritmo, y el vaivén, y la oscilación de sus movimientos. Después, cuando nací, la música me provocaba una atracción como si fuera algo magnético; a donde quiera que había música era yo atraído, como un imán atrae al otro.
DiscoMi abuela tenía una consola de esas que eran monoaurales, pero tenían una bocinota como de 12 pulgadas, no sé qué marca era, pero la fidelidad que tenía era muy buena, o al menos esa era mi percepción. Ahí me la pasaba pegado oyendo música, y no sabía qué música era, simplemente era un niño que estaba pegado a una bocina. Cuando crecí leía las portadas de los discos y veía que decía, Frédéric Chopin; al paso de los años supe que era un músico romántico, clásico, pero en ese entonces sólo lo escuchaba y me encantaba. También oía a Bony Collazo, quien quiera que él sea, a Los Cometas, al Piporro; particularmente llamaba mi atención el Mariachi Vargas de Tecalitlán con sus polkas, pasos dobles, sones y jarabes. Me atraía mucho la música instrumental; escuchaba a Paolo Mantovani, Los Violines de Villafontana, Ray Conniff, Glenn Miller. Pérez Prado era una revelación, era como decir, -¿qué es esto?, -no sabía qué era, pero me encantaba oír todos los clásicos del chachachá: Los Marcianos, El Bodeguero, todos esos.
Así transcurrió mi infancia, escuchando música en la casa, y sintiendo el ritmo desde la panza de mi mamá.

Tiempos modernos

Prensa Chandler
Prensa Chandler

Mi papá tenía una imprenta, y como no había mucho dinero, nos ponía a trabajar ahí a mi hermano y a mí. Yo aprendí el oficio en unas máquinas que se llaman Prensa Chandler; pesan toneladas, hay que desarmarlas para poder transportarlas, mi papá tenía varias. Hacíamos tarjetas de navidad, tarjetas de presentación, volantes, facturas, notas de remisión, todo eso. Lo que más imprimíamos eran tarjetas de abonos, porque el taller estaba en La Lagunilla y toda la ropa se vendía en abonos, entonces vendíamos mucho esas tarjetas. Trabajé ocho años ese oficio, desde los ocho hasta los 16 años.
Con la mano derecha había que poner una tarjeta o papel bond en una plataforma, por otro lado estaba la tipografía sobre la que pasaba un rodillo con tinta que venía de la platina; bajaba el rodillo, subía la platina, venía la prensa y ¡CRASH!, prensaba el papel. Del lado izquierdo tenía una palanquita para controlar la velocidad; si aumentábamos la velocidad de la prensa éramos más productivos, entonces, mi hermano y yo echábamos carreritas a ver quién imprimía más rápido.
Teníamos que sacar la hoja impresa con la mano izquierda y meter la hoja en blanco con la derecha, entonces necesitábamos una coordinación tremenda; al mismo tiempo estábamos oyendo toda la multirritmia y toda la polirritmia que producía la máquina con el acero, el plomo, el fierro, la tinta, los rodillos, los engranes, los resortes…era una sinfonía.
TipografíaEso viene muy a cuento porque cuando ya estaba empezando a estudiar música, escuché una sinfonía que se llama Sinfonía de las Máquinas, del compositor ruso Aleksandr Mosólov, pero entonces no era consciente de nada, yo simplemente aprendí el oficio de la imprenta antigua (ahora ya todo es por computadora, por software, y todo eso), y desarrollé una coordinación física con las manos, y una sensibilidad con los dedos; gracias a Dios nunca me di un machucón porque, imagínate, era una prensa de toneladas.
La trascendencia de esto es que con el disfrute de oír esos sonidos metálicos, aunado a los movimientos del vientre de mi madre, y la bocina de la consola de mi abuela, se dieron todas las condiciones para que yo quisiera estudiar música.

Mágico y misterioso camino

Como a mí me tocó un poco del movimiento del 68, me volví muy político, entonces estaba entre que si estudiaba derecho, filosofía, sociología, o música.
paz 1La música era algo muy atrayente y mágico para mí, pero como nunca tuve acceso directo a un instrumento, pensaba que era muy difícil, pero de todos modos entré a la Escuela Superior de Música, nocturna para trabajadores, que estaba en la calle de República de Cuba No. 92, en pleno centro de la Ciudad de México. En esa época todos los chavos teníamos el pelo largo, nos gustaban los Rolling Stones, los Beatles, Deep Purple, estudiábamos música y queríamos tocar en una banda de rock.
Los maestros eran músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Mi maestro de percusiones, José Hernández, era un gran percusionista y me enseñó muchas cosas de técnica y de ensamble de percusiones. El maestro de solfeo, Daniel Zarabozo, usaba un método impresionante de un músico italiano que se llama Alfredo Casella; ese método de solfeo terminó de redondear y cuajar toda esa trayectoria que yo traía. Cuando aprendí el:
Ta
Ta-te
Ta-te-ti
Tafa-tefe
Tafa-tefe-tifi
Fue como decir, -ah, ya estoy empezando a entender cómo es la cuestión del ritmo.
Cuando llegué aquí a Xalapa me sorprendió que no conocían, y creo que hasta la fecha no conocen este método.
Daniel Zaraboso era director de la Orquesta Típica de la Ciudad de México, un tipazo; al final de cada clase nos decía:
-a estudiar, a estudiar, a estudiar
Todo el tiempo de la clase estaba con su cigarro

Barriga llena, percusión contenta

Como yo estaba acostumbrado a ganar dinero en la imprenta, dije,
-Bueno, y ahora en la música, ¿cómo voy a ganar dinero?
MarimberosEn eso resultó que Fernando Lozano, que era director del Departamento de Música y Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes, creó un sistema que se llama Vida y Movimiento, y fundó la escuela Vida y Movimiento, y la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. En esa escuela daban clases los maestros de la orquesta filarmónica, casi todos eran extranjeros, sólo había uno que otro mexicano.
Ahí estudié, y toqué en la orquesta sinfónica porque nos daban una beca de siete mil pesos; en 1978, para un chavito de 17 años, siete mil pesos era un dineral.
TimbalesAl mismo tiempo se creó la Promotora de la Unidad de las Escuelas de Arte, que unía a todas las escuelas de arte dependientes de Bellas Artes, es decir, el Conservatorio, la Academia de San Carlos, la Escuela de Artesanías, los Centros de Arte (Cedart), el Taller de Arte Gráfico Popular, y algunas otras que se me escapan. Hicimos mítines, marchas, plantones, ruedas de prensa, y logramos que nos dieran un edificio nuevo en Coyoacán, en Fernández Leal, y un autobús que nos llevaba desde el centro hasta la escuela.
Además nos dieron instrumentos nuevos, biblioteca, y becas. A mí me dieron una beca de dos mil pesos; ya juntaba yo nueve mil pesos, entonces dije:
-No, pues esto está muy bueno (risas).

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(CONTINUARÁ)


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