Luis Suárez, si me apuran a responder el centro delantero mejor dotado de todos los que participan en El Mundial, está hoy fuera de éste, castigado por nueve partidos con la selección de la federación uruguaya de futbol y con cuatro meses de ausencia al frente del ataque en su club, el Liverpool de la Liga Premier; la causa fue su reincidencia en morder al contrario, porque por tercera vez Luis no pudo controlar esa acción agresora que, según ha declarado su sicóloga de cabecera, le sale al uruguayo del fondo de su ser, sin tocar baranda racional alguna. Y es una lástima por doquiera que se vea el vergonzoso adiós a la justa futbolera de este varón perteneciente a la estirpe de aquellos rompedores de pelotas y redes que han hecho, hacen y harán historia en las canchas, porque su reiterado delito nos ha privado de la belleza de sus desplazamientos y acometidas en el área de los 16.50 metros; no es una lástima y sí es plausible que se vaya el tramposo perteneciente ya no a una estirpe, sino a una gran mayoría de jugadores de futbol que salen al campo echando por delante su arsenal de argucias para intentar engañar al árbitro.

En los años setenta y hasta mediados de los ochenta hubo un gambeteador delantero mexicano a quien Ángel Fernández -¡me pongo un minuto de pie en homenaje!- le endilgó el apodo de “El Actor”, por su constante dejarse caer gritando cada que un contrario lo tocaba; su nombre era Rubén y más de una vez engañó al silbante con sus trampas, ésas que hoy y desde hace muchas décadas es el patrimonio de los desleales con este juego donde la ética tiempo ha es patrimonio de unos cuantos. Y dado que dejé de ver futbol mexicano muchos años atrás no podría asegurar la incidencia estadística de la marrullería y las malas artes en nuestro país, pero no creo que sea diferente a un tramposo Diego Maradona -uno de los pocos genios en el futbol, si no es que el más grande- metiendo un gol con la mano frente a Alemania en El Mundial de 1986 en México, ni mucho menos a su cinismo y el de quienes -muchos, por cierto- dicen que ésa y muchas otras prácticas corruptoras de la ética futbolística -que la hay también, pues-, como el dejarse caer para conseguir se marque la falta inexistente o quedarse tirado quejándose para exagerarla o negar siempre que se tocó el balón con la mano, son <recursos> propios de la <picardía> del jugador.

El futbol en la cancha cada vez se parece más a la política y a la economía: se miente casi siempre y se olvidan los principios en pro de los fines. La afirmación <lombardiana> de que ganar es lo único convirtió a los futbolistas en soldados al servicio de un sistema diseñado en el pizarrón, y hoy en la tablet, que busca los resultados por los resultados mismos partiendo de una premisa elemental: se pretende no perder. Por ello, cuando equipos como el Milán de Van Basten, Gullit, Baressi, Rijkaard, un jovencito Maldini…; o el Ajax de Cruyff y…; o el Barcelona de Messi, Iniesta y Xavi; o el Brasil del 70 -¿acaso hay que nombrar a algún jugador y no a los once?- o el del 82 deslumbran a todos, y a aquellos que como este perpetrador de querencias futboleras les gusta el juego sin ataduras nacionalistas ramplonas ni filias regionalistas y sí con la camiseta del futbol bonito puesta, les alimenta el ego que les permite pontificar con cierta soberbia: “te lo dije; se puede jugar bonito y ganar casi siempre”; e igual se puede perder y, sin arrendar los tales principios que amalgaman la ética, afirmar con razón y veracidad: “Jugando así hay permiso para perder”, como lo expresó Jorge Valdano, DT del Real Madrid en la segunda mitad de los noventa al perder con el Sporting de Gijón 1-0.

Pero no se crea que en definitiva la ética en la cancha se perdió. No. Se manifiesta como guía de actuación ahí dentro -porque existe de antemano, que conste- en acciones como las de Robiee Fowler, goleador del Liverpool, quien al quitarse la camiseta del equipo, festejando un gol anotado en la Recopa frente al SK Brann de Noruega, expuso un solidario “Apoyo para los estibadores despedidos” estampado en la playera blanca bajo el uniforme; el mismo Fowler que menos de una semana después frente al Arsenal fue por un balón para chocar con el portero, caer, ver al árbitro marcar el penalti, levantarse y decirle que estaba equivocado, que no debía marcar la pena máxima, que ésta no existía porque él, Robiee, se había caído solo. Obvio que hubo aplausos para Fowler de los seguidores del Arsenal y de todos a los que les gusta el futbol; y hubo también lo contrario: chiflidos de los seguidores del Liverpool -equipo en el que milita hoy Luis Suárez-, como los hay por parte de los seguidores del León y de la selección de la federación mexicana de futbol cada vez que, por ejemplo, le marcan a Rafael Márquez, cuyas patadas más bajas van al pecho de su oponente, una de las muchas agresiones que comete por partido y que son, diría mi madre, <lo suyo>. La repelente realidad existente hoy en los estadios, conformados éstos por tribunas y canchas donde actúan jugadores y aficionados -y locutores, para quienes no son funcionarios del ayuntamiento xalapeño o primos del gobernador de Veracruz y tienen que ver El Mundial por televisión-, es la de la competitividad irracional que niega lo elementalmente humano del juego y el divertimento, y que catapulta las trampas, agresiones y delitos tanto en las butacas como en el césped. Tampoco se crea que todo está perdido, porque ahí están aún algunos que seguramente llegaron a Brasil para entregar el corazón, basados en racionalizar que con su talento podrán siempre con lealtad a la locura regatear, <tunelear> y driblar para en un tramo corto o largo dejar atrás al contrario y… en una de esas anotar y ganar la eterna lucha contra los picapedreros. Y si se pierde así, con elegancia, pues vale hacerlo por el bien del futbol arte, lo que me lleva bajo esta lógica a apostar porque Holanda gane el domingo.