El futbol es, según dijo con sapiencia y puntería César Luis Mennotti, lo más importante de los menos importante; y va a ser el tema recurrente en pláticas cafeteras, cantineras, escolares y familiares transclasistas durante por lo menos los siguientes cuarenta y cinco días, porque la Copa Mundial de este deporte ya empezó hoy en el país que lo elevó a la categoría de arte y lo convirtió en su emblema: Brasil. Y si bien es cierto que ha sido también uno de los cuatro países del continente americano -al lado de Estados Unidos, Cuba y Jamaica- que generó ritmos musicales originales modernos que se insertaron e influyeron en el imaginario sonoro mundial, a la tierra de Pixinguinha, Tom Jobin, Vinicius, Joao y Astrud, Laurindo, Ellis, Gal, Maria Bethania, Chico, Caetano, Milton, Gilberto el ministro, Seu Sorge… la ubican en el mundo por haber reinventado y jugado el mejor futbol que se vio en el siglo XX y el arranque del XXI.

Y producto de esa grandeza en el campo de juego, en Brasil se catapultó una masa de aficionados leales hasta el delirio al equipo representante de la Federación Brasileña de Futbol y que hasta ahora ha ganado cinco campeonatos mundiales y es el único equipo que ha estado presente en todos ellos. Por ello sorprende que las encuestas de la semana más reciente arrojen resultados que matan el estereotipo de los brasileños como una torcida permanente: la mitad de ellos no quiere que sea campeón el equipo verde amarillo porque, dicen, el triunfo sería la fiesta que ocultaría una dura realidad nacional puesta al día por las movilizaciones en las calles, los paros y amagos de huelgas llevadas a cabo por quienes se autodefinen ya como <los no invitados al mundial, y de cuyos barrios y favelas son oriundos los magos del balón, cuyo poder de convocatoria a los días de guardar que han sido las fechas mundialistas parece ser no va más en los tiempos actuales porque, parafraseando al clásico, ahora sí han cambiado.

Deporte y espectáculo desde siempre el futbol devino magno negocio transnacional en la década de los sesenta del siglo pasado, para ser a partir de entonces la FIFA un ente supranacional que norma una gran industria galopante por encima de las legislaciones nacionales; y los jugadores se reconvirtieron en piezas y mercancías estratégicas dentro de un mercado que -estricta justicia capitalista, dijo en 1997 Jorge Valdano- los superhumanizó al través de afeites, outfit y toda la parafernalia adyacente. Y merecido lo tienen quienes con su talento, entrega, gracia, hacen de cada noventa minutos el tiempo agónico de todas las naciones detrás de los llamados equipos nacionales, situación promovida ad nauseam por los desaforados gritos que desde radios y televisores impulsan el patrioterismo ramplón y estulto, e intentan que no muera el negocio. Aunque más acá de esto -del negocio y de los nacionalismos y patrioterismos ridículos de siempre- y en el fondo del asunto, el estado que guarda la cuestión es el gusto por ver ganar al(los) equipo(s) favorito(s) de uno, el(los) cual(es) para el caso de este perpetrador de cuartillas -antinacionalista cuasi de origen y quien no tiene figura <patriera> alguna- en los partidos de mañana son Camerún, Holanda y Chile.