En la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX, que una mujer decidiera emprender en solitario un gran viaje científico era algo impensable para la moral victoriana de la época. El papel que se le había asignado a la mujer estaba confinado entre las cuatro paredes de su casa, o a lo sumo hasta la verja de su jardín. Marianne North desafió todas las convenciones sociales cuando en 1871 se lanzó a la aventura de viajar sola por todo el mundo para pintar flores y plantas en su entorno natural.

North fue «la primera mujer protagonista de un gran viaje científico», según Enrique José Díaz León, autor de una «Historia de las grandes expediciones científicas» (Guadalmazán, 2017) que rinde tributo a los exploradores que ampliaron los confines del conocimiento humano por tierra, mar y aire. Desde el descubrimiento de América hasta la misión Apolo XI, el libro recorre las gestas científicas que protagonizaron Magallanes y Elcano, James Cook, Félix de Azara, Humboldt, Darwin, Scott y Amundsen, Beebe, Cousteau o Neil Armstrong. Aventureros irrepetibles que se lanzaron a lo desconocido impulsados por una curiosidad insaciable, como North, una de las pioneras en este terreno vedado para la mujer hasta hace bien poco.

Ilustración de «Nepenthes northiana» de Marianne North (1876)

Hija de un rico terrateniente e influyente político inglés, Marianne North utilizó la fortuna que le legó su padre para recorrer el mundo descubriendo y pintando plantas con todo lujo de detalle por lugares tan dispares como Japón, Borneo, Brasil, Chile, Canadá, Estados Unidos, India o Australia. Ni el sol abrasador, ni las lluvias torrenciales o las picaduras de insectos que tuvo que soportar y que describió en su obra «Una visión del Edén», le hicieron desistir de sus propósitos.

En sus numerosos viajes visitó Canarias y pasó dos meses en Tenerife en los que pintó 26 cuadros con la flora y fauna de la isla.

Amiga del naturalista Charles Darwin, con el que compartió un gran interés por la distribución geográfica de las plantas, y de la prestigiosa artista Marian Ellis Rowan, su trabajo fue reconocido por los más destacados botánicos del Reino Unido.

«Los botánicos siempre han destacado el rigor y la fidelidad de la obra de North, al margen de su valor artístico, poniendo en relieve laformación botánica de la pintora que le permitió no solo identificar especies ya conocidas, sino también catalogar como nuevas muchas otras», destaca el autor de «Historia de las grandes expediciones científicas». Un árbol de las islas Seychelles y cuatro especies de Borneo y Sudáfrica fueron bautizadas con su nombre.

El hecho de retratar los árboles y las flores en su hábitat natural confiere a la obra de North una especial relevancia. Según el divulgador científico Díaz León, «su aportación al registro botánico fue determinante, ya que muchos se encontraban en lugares casi inaccesibles y eran desconocidos en aquellos momentos».

La galería de Marianne North en el Kew Garden de Londres-

Marianne North falleció en 1890 en el pequeño pueblo de Gloucestershire donde se había retirado tras su última expedición a Chile. Donó sus cuadros al Kew Garden de Londres, el Real Jardín Botánico de la capital británica, donde se exhiben en una sala especial, aún con la distribución y el orden que ella misma dispuso. «El valor de estas obras resultaba incalculable en un mundo en el que la fotografía no era más que un embrión y permitió al público en general mostrar a gentes de lugares exóticos y, para la inmensa mayoría, inaccesibles», estima Díaz León.

Con información de ABC.es