Está confirmado que la prioridad del gobernador Miguel Ángel Yunes Linares es heredar el cargo de Gobernador del Estado a su hijo Miguel Ángel Yunes Márquez, alcalde por segunda ocasión del municipio de Boca del Río. Hay que decir que la aspiración del joven es muy legítima, su actuación como alcalde ha dejado suficientes pruebas de eficiencia dentro de la administración pública, como que abonó a que Boca del Río se mantuviera como el municipio más importante, turísticamente hablando, de Veracruz, al grado de que quienes nos visitan a menudo piensan que la capital del estado es Boca del Río. Aquí lo malo es que su padre es el gobernador, es quien a fuerza de mentirle a los veracruzanos le arrebató el poder al PRI y ahora invierte su tiempo en aplanar el camino para que su hijo llegue al mismo cargo usando el aparato gubernamental. Nada más condenable para un pueblo que se le pretenda imponer en el gobierno, como monarquía, a un heredero y, posiblemente, tendría menos problema si Yunes Linares estuviera cumpliendo a los veracruzanos con lo que les prometió: bajar los índices delictivos, encarcelar a los corruptos y quitarles lo que nos robaron para reintegrarlo a las arcas; generar un cambio que incluya el arribo de inversionsitas; desterrar para siempre los abusos de poder en contra de los ciudadanos y concentrar un buen capital político para ponerlo a disposición de quien le suceda, así sea su hijo, pero sustentado en resultados altamente positivos de su trabajo y con el cumplimiento de las promesas empeñadas para alcanzar el poder. Lo cierto es que el gobernante hace lo contrario al generar un ambiente adverso para las aspiraciones de su hijo. Esta obsesión de Yunes Linares para la sucesión tiene al estado completamente hundido.