Con sus experiencias como docente y más reflexiones sobre la vida del teatro, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio cierra la conversación que sostuvo con esta columna que se despide, de él y de quien haya pasado por estos lares, plagiándolo:
«Aunque, a pesar de todo, mantengo la confianza de que a alguien le sirvan mis palabras, las escribo con la mera intención de dejar un registro de que estuve por aquí, de lo mucho que amé pensar en la palabra, lo mucho que amé pensar, lo mucho que amé y lo mucho que me dolió. Si llegaste hasta aquí, ya estoy agradecido».

Gente docente

Yo soy hijo y nieto de maestros, mi papá era arquitecto pero daba clases de dibujo porque su suegro, mi abuelo, era agrónomo y llegó a Guadalajara a fundar la Facultad de Agronomía y era el director. La historia cuenta que mi papá llegó a pedirle chamba diciendo que no era por el dinero sino porque le gustaba mucho dar clases, la realidad es que se estaba muriendo de hambre y cuando llegó a cobrar su primer cheque no estaba porque había un papel firmado por él (seguro estaba falsificado por mi abuelo) que decía lo donaba a la biblioteca, y mi papá donó, toda la vida, el cheque de la clase de dibujo a la biblioteca (risas). Pero lo que sí es cierto es que mi papá se enamoró de dar clases y se quedó toda la vida dando clases, cuando ya estaba muy mal de cáncer y no podía ni caminar, lo tenían que llevar y así siguió hasta que ya no los pudo obligar a que lo llevaran a dar la clase, entonces, yo creo que lo de dar clases es genético.
Dar clases siempre ha sido lo que más me ha gustado en la vida, me encantan mis alumnos, ahora, por la salud, ya no puedo hacerlo tanto, estoy obligado por la Universidad -porque es una obligación- a dar un taller los sábados en La Caja y es injusto porque me cuesta mucho trabajo, en tal caso les puedo dar un curso por internet, que es lo que estoy haciendo ahorita, tengo un grupo en internet y estoy por abrir otro. Toda la vida he dado clases de literatura o taller literario y me encanta, no creo ser depresivo pero sí me cuesta mucho trabajo hallarle sentido a lo que hago pero enseñar es algo a lo que no me cuesta trabajo hallarle sentido.
Ahora tengo el orgullo -porque es un gran orgullo- de que uno de mis alumnos, José Manuel Hidalgo, se acaba de ganar el Premio Manuel Herrera, el año pasado se ganó el Gerardo Mancebo pero se lo quitaron por una de estas cláusulas raras, fue una injusticia, y este año fue de los finalistas con una obra escribió mi taller pero no lo ganó. Con la que ganó el Manuel Herrera no la escribió mi taller pero de todas maneras es mi alumno y estoy muy orgulloso de él, es un niño de 21 años, un cuate talentosísimo.
La obra que ganó -porque ganó pero se lo quitaron-, está escrita sobre mi Odio a los putos mexicanos, es muy joven y escribió su obra basado en eso pero es brillante, es un cuate talentosísimo, yo le digo a Alejandro Ricaño pues estará escrita sobre eso pero tiene 21 años y escribe mejor que tú y que yo cuando teníamos 30, así es que no hay nada qué decirle.
Otro premio nacional (al que, por cierto, yo mandé obra y perdí) lo ganó una imitación, esa sí era una franca y vulgar imitación de mi Civilización, obra que escribí para la Compañía. Aunque tengo alumnos con los que trabajo y me da mucho gusto, también hay muchos que dicen que son mis alumnos y ni los conozco, ni los vi en clase nunca pero es gente que agarró mis obras de referencia para escribir. No son pocos, son más de la mitad de los dramaturgos menores que yo de este país, en ese sentido siento que he sido buen maestro, hasta que me imiten es una forma de enseñar, a fin de cuentas todos aprendimos así.
Yo doy clases pero en realidad a mí nadie me enseñó a escribir para el teatro, yo me las tuve que ingeniar y me las ingenié buscando textos y buscando el sentido de cómo los hacían, tratando de entenderlos. El que tantos jóvenes lo hagan, a veces simplemente plagio descarado, a veces una elaboración realmente valiosa como el Bye bye bird de José Manuel Hidalgo (que es mejor que Odio a los putos mexicanos), no me da coraje, para mí es un honor, hasta el plagio más vil, de cierta manera, me da cierto orgullo.
Ya no gano premios nacionales porque todos mis imitadores me los chingan (risas). El último premio que gané -porque ahí sí no se lo esperaban- fue el de obra infantil del INBA del año pasado. En una entrevista que me hicieron me preguntaron:
-¿Por qué escribes para los niños?
-Porque son 200 000 pesos (risas)
-¿Qué quieres decirle a los niños?
-Nada, son 200 000 pesos, me vale madres (risas)

That is the question

Me gusta escribir, contar historias y contarlas bien y meterles jiribilla y exprimir ideas, una cosa muy buena que tiene el teatro es que son muy poquitas ideas que se van repitiendo entre ellas, van revotando, van derivando y las exprimes, eso me gusta mucho.
No creo que el teatro vaya a cambiar al mundo, yo lo hago para chingar gente, le digo a la gente sus problemas como comunidad, como sociedad, pero lo hago porque me gusta decir chingaderas, si creen que van a ser mejores porque se los digo están mal, no van a ser mejores; si creen que van entender más, se equivocan, no van a entender nada, es la realidad, esto lo digo bastante en serio, no pretendo cambiar al mundo. Si el teatro cambiará las cosas ¿por qué creció la Alemania nazi junto al teatro de Brecht? El teatro no sirve para nada, solamente ejemplifica los hechos de lo que hacemos, nuestro andar por este mundo y cada quien sacará sus conclusiones.
En el drama hay un gran acto de soberbia porque nos permite mostrar nuestra inteligencia, es una forma de inteligente relatar o, por lo menos, nos hace sentirnos inteligentes y es un acto de demostración de yo sé que esto está de la chingada y lo pongo de esta manera y te lo ejemplifico así. Esta cosa de tratar de ponerse por encima de la sociedad no es inteligencia, es un acto de mera soberbia y cada vez, creo, es más gratuita.

Estrambote

Yo no sé qué hubiera sido de mí si no hubiera escrito para el teatro porque el drama, como herramienta de análisis, me ha enseñado mucho sobre la vida, no solo eso, quizá me ha dado todo en la vida, una vida que he pasado prácticamente en cama, ¿en qué otro trabajo puedes estar en la cama todo el día?
Yo digo algo y lo digo todo el tiempo, yo no estoy enfermo -y esto es bien importante- yo soy enfermo y hay una gran diferencia entre estar y ser. Yo me asumo como enfermo y si pudiera regresar 20 años y hubiera remedio para esta enfermedad, no cambiaría nada, estar enfermo me sentó a escribir teatro en forma, me trajo a la Compañía, me ha dado tantas cosas. Obviamente, me da una forma de ver la vida que no tiene cualquiera, pasar toda la vida pegado a esa puta máquina en hospitales me ha dado una manera de ver la vida que no hubiera tenido de haber estado menos jodido. Al final del día, es de lo que vivo, del teatro.

PRIMERA PARTE: El corazón de las tinieblas
SEGUNDA PARTE: Ser cabrón no es cosa fácil

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