“Hay que preguntarse de qué sirve tener prisa; hay que sentir, más que medir, el sentido de los pasos; escribir, por intuición, más que por cálculo, el trazo de la ruta. No hay distancia para alejarme de mí mismo. Soy el viajero y el itinerario, humilde reflejo de la memoria, lúcido interrogante del porvenir. A mí me guía la luz, no las sombras. Buenos días a todos, abrazos al gusto, besos sin destino ni remedio, saludos al mayoreo y al menudeo”.

Pedro Manterola Sáinz el comunicador, el escritor, el poeta, decía esto en su Facebook apenas el viernes 4 de agosto pasadas las 8 de la mañana, casi las 9. Dos días después, unas 50 horas después, un infarto fulminante -“un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida”, diría otro poeta como él- arrebataría su presencia en este mundo y cerraría el ciclo de sus escritos, prosa poética y poesía prosaica en uno, que seguíamos desde su fanpage muchos fieles y amigos, con el gusto de apreciar el talento que le permitía a Pedro hacer cabriolas con las palabras, enhebrar las letras y construir frases sorprendentes, llenas de sonido y furia, repletas de ideas radiantes también.

Metido en su chamba de Subsecretario de Gobierno y metido en sus ondas personales de poeta, dejó para después y para siempre la oportunidad de reunirse con sus amigos, pendientes para hablar de política atrás de un trago, como le gustaba, y desembocar irremediablemente en la literatura, en la escritura, en el mágico oficio de la creación a través de las palabras.

“El Sol aparece con la nobleza humilde del que sabe ahuyentar a las sombras. Su llegada no espera elogios ni alabanzas, no exige aplausos ni lisonjas. Su esplendor no necesita de servilismo ni adulaciones. No despacha en el firmamento de 6 a 8 haciéndonos creer que va a arreglar el mundo. Sin petulancia brilla, y eso le basta; sin jactancia enciende, y eso es suficiente. Da sentido a la penumbra, y ahí da vida a la discordancia y oculta una contradicción. Aviva, entibia, ilumina, guarece, provoca, y al final del día sigue su camino sin pretender que el mundo empieza con su presencia y termina al despedirse.”

Pedro fue alcalde, funcionario público, diputado federal. Yo lo recordaba muy niño aún -él no se acordaba- cuando jugaba con su hermana Mariely y otros chicos afuera de su casa en Martínez de la Torre, que daba por el lado de la izquierda, según se ve de frente, con la casa de mi tía Chita Levet. Veo con el ojo de la memoria a doña Elisa llamando a cenar a sus hijos; a doña Elisa… a la que le mando mi condolencia profunda en este momento tan triste y acongojado.

“Mira, colibrí, te regalo un cielo, te convierto en nube, para que seas vuelo, para que te vuelvas viento, presagio de un viaje libre, intenso, luminoso, para que tus alas sean abrazo y se conviertan en señal, ruta, nave y sendero celeste.”

Pedro era uno de los más capaces funcionarios en el Gobierno de Miguel Ángel Yunes Linares. Su efusividad, su… como decirlo… su convicción, su inteligencia lo hacían un colaborador eficiente, aunque no dócil; formidable, aunque difícil de refrenar en su ímpetu. Y claro, es que era un poeta:

“La luz es también faro, cielo, sol y marea donde no caben tus sombras. Es intercambio furtivo de miradas entre mis ojos y la bóveda celeste. Así amanece, después de la primera reunión de trabajo, camino a la oficina.”

Vamos a extrañar a Pedro, aunque no lo veíamos tan seguido; vamos a extrañar sus textos luminosos que encendían las mañanas y avivaban las noches con sus palabras ardientes. Y sin embargo, mucho queda de él porque queda lo escrito. “Las musas me inspiraron, no seré olvidado”, podría haber dicho con Safo.

Ya no nos tomaremos esa copa de vino, pero queda siempre el remedio de volver a tu prosa amiga, amigo:

“Prefiero saber la verdad que pretender tener la razón. Entre buscar la verdad y creer ser su dueño, escojo la búsqueda. La palabra adquiere valor, dignidad y sentido cuando se usa en beneficio de la verdad. La verdad se reconoce, se percibe, se siente, se agradece. La verdad no se dice a gritos. Sufre, pero no se extingue. La verdad, la mera verdad, necesita dos que la entiendan, uno que la diga y otro que la escuche… Así amanece, con Nadie, con Yo y con Migo, compañeros de verdad.”

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