Podemos repetirlo una vez más: la descripción y el análisis de nuestro desarrollo estatal, no es labor reservada sólo a sociólogos, politólogos o economistas, sin que requiere, esencialmente también, del trabajo literario de poetas, narradores, críticos y ensayistas. Junto a la enunciación de cifras, la crónica de un episodio cotidiano; a la par de un análisis del sistema político, el reportaje de un festival, mitin o congreso; enlazado al estudio de una clase social y su comportamiento, la descripción de un proceso estatal, un personaje, un programa acaso de T.V, o de una película producida y exhibida en Veracruz.

Ese complejo formaría nuestra vida, revelaría nuestras circunstancias, la pobreza y dificultades de nuestra cultura y la transitoriedad de nuestras ilusiones colectivas. Ni ideas preconcebidas, ni actividades dogmáticas, ni esperanzados y optimistas futuros: primero y ante todo, básica y esencialmente, la actitud crítica, cruel, burlona, aguda, poética, sentimental, del crítico que nació para serlo, o como dicen algunos locutores, que llegó para quedarse.

Andando el tiempo, los que quieran penetrar en la realidad del Veracruz que hoy vivimos, disfrutamos y lamentamos, especialmente desde 1998, no podrán hacerlo si no leen a Luis Velázquez, a Raymundo Jiménez, a Manuel Rosete, a Arturo Reyes Isidoro, a Pepe Robles Martínez, a Cevejara, a Alfredo Ríos Hernández, a Froylán Flores Cancela, a Rafael Arias, a Hilario Barcelata, a Luciano Blanco González, a Maryjose Gamboa, a Lupita Mar, a Claudia Guerrero, a Carlos de Jesús Rodríguez, a Álvaro Belín, a José Ortiz Medina, a Noé Zavaleta, a Rodolfo Calderón Vivar, a Ricardo Ravelo y a tantos otros brillantes columnistas y periodistas, economistas, sociólogos, historiadores y politólogos cuya sólo enumeración rebasa los linderos de esta nota.

En todos ellos se aprecian las mismas preocupaciones sobre lo que es esta entidad en la cresta de este cambio de sistema; es una etapa en que cultura, subcultura y contracultura, conviven contradictoriamente; en que se reacomodan los factores reales de nuestra sociedad; en que se puede tocar con la mano la insatisfacción política; y en que nos domina el azoro sobre lo que podemos llegar a ser, a hacer y a padecer ante la posible y nueva arabización de nuestra existencia.

Si se mira nuestra sociedad desde el llano, a nivel de la masa, se encontrará su realidad con un criterio más moderno y revolucionario, que si se le quiere observar desde la torre de marfil o desde el elitismo y las visiones prefabricadas sobre lo que ha de ser un estado. Para entender a Veracruz, hay que comprometerse con él, con sus problemas y sus luchas; quienes lo miran como la entidad que debería ser conforme a teóricos clásicos de la política, la historia y la cultura, la ven borrosa, desdibujada, informe, tal como se ven las casas, los montes, los sembradíos y las gentes desde un avión, a medida que se eleva y se aleja del suelo polvoso y de los pantanos malolientes. A la larga, esta postura resulta ilusoria, reaccionaria y conservadora.

Este Veracruz que vivimos hoy es, como el título  de la canción ‘Amor Perdido’; el amor perdido de una era de cambio, detenida, incompleta, secuestrada, intervenida, manipulada, o como se prefiera calificarla o definirla.

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