Casi todos los gobernantes traen consigo a un colaborador que, sin importar sus capacidades o su preparación, se convierten en los hombres poderosos del régimen, algo así como el alter ego del gobernante en turno. Estos afortunados personajes representan el hijo que no pudieron tener o la figura en la que se sienten reflejados. Fidel Herrera Beltrán, por ejemplo, se veía en Erick Lagos Hernández, un joven ladino, abusivo, con una cleptomanía incontrolable y una proclividad al sexo (indistinto), a quien El Tío le perdonaba todo, se lo tomaba como “travesuras” de un adolescente. Javier Duarte de Ochoa tuvo en Alberto Silva Ramos, “El Cisne”, a un ejemplo que intentó seguir; por eso lo nombró “el rey de la perversidad”. Silva fue, en el sexenio de Duarte, aquello a lo que “el gordo” aspiraba a ser: además de adicto a muchas cosas, entre ellas el dinero, presuntuoso y arrogante. Duarte se veía en Beto Silva cuando tuviera más edad, su alter ego, de ahí que le perdonara todos sus excesos, todos sus dislates y todas sus tranzas. Ese fenómeno lo vemos hoy con el joven Fiscal, Jorge Winckler Ortiz, el que usa el poder para cobrar venganzas, el que humilla a los más necesitados de justicia, el que ofende a los diputados tildándolos de “corruptos”, el que desprecia a todos los que reclaman su atención porque es el Fiscal. Y tan protegido está por el gobernador Miguel Ángel Yunes Linares que, a pesar de no contar con el perfil, lo impuso como Fiscal y, a pesar de sus constantes pifias, lo defiende contra todo porque seguramente se ve en él.